Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Variaciones sobre un tema

 

El lenguaje poético goza de libertades que no puede permitirse el habla común. Cuando el verbo se hace materia artística, son posibles y hasta deseables la anáfora constante, el hipérbaton, la jitanjáfora, hasta la falta de ortografía, al menos si uno se llama Juan Ramón y posee autoridad para defender la fonetización de la escritura (otros no se acaban de ver como Migel Ánjel). Sin embargo, cuando se juega con las palabras, no todo es belleza y creatividad: también es posible caer en el error, la incoherencia y la vulgaridad, del mismo modo que, por mucho que se empeñen los esnobs, no todo conjunto de rayas sobre un lienzo es arte contemporáneo. Más que en las poesías propiamente dichas, los deslices expresivos suelen resultar patentes en las letras de canciones, quizá porque en ciertos casos sus autores no sean consumidores de alta literatura, pero también por el filón comercial que parece haberse encontrado en la variación, tolerable o no, a lo largo de las últimas décadas.

Los inescrutables designios mercadotécnicos llevan años favoreciendo la introducción de rasgos dialectales, coloquiales y hasta vulgares que antes habrían dañado irreversiblemente las delicadas orejas del melómano, y que hoy parecen reportar pingües beneficios. No siempre se trata de incorrecciones; pueden ser simplemente rasgos que sonaban poco estándares y ahora se aceptan normalmente. Rosana, que en su primer disco pronunciaba “lo dice el corazón” con unas interdentales bien peninsulares, pareció darse cuenta más tarde de que no pasa nada por sesear como un canario, sobre todo si uno es canario (desde luego, más ridículos son esos que sesean cuando cantan y no lo hacen al hablar, como ciertos intelectuales granadinos y almerienses). En un plan más andaluz de Miami, ha pasado a la historia esa súplica de Alejandro Sanz, ”tiritas pa este corazón partío“, tan seductoramente campestre; no entraremos, por otra parte, en el andalucismo autoparódico de algunos artistas y grupos que explotan lo más granado de la riqueza dialectal. Y, con algo menos de exotismo meridional y probablemente algo más de despiste capitalino, Mecano ya deslizó hace bastantes años un “tú contestastes que no” en otra canción antológica. Pero, como casi siempre, la morfosintaxis es más interesante, y es donde surgen los verdaderos problemas.

Canciones

Los laísmos más famosos de la historia son, probablemente, los que aparecen en el estribillo de ”Un ramito de violetas”, de Cecilia, los cuales merecieron incluso una tercera página en ABC. Menos célebre (y celebrado) es otro laísmo que introdujo Mari Trini en “Ayúdala” (el propio título daría para discutir bastante, como bien sabemos los fans del verbo ayudar, que tantos siglos después del latín sigue sin superar totalmente su adicción al dativo). En ese tema podemos oír “no la lleves la contraria”; giro impensable en cualquier artista murciana que no se hubiera criado en Madrid. Si Cervantes, Santa Teresa y Lope fueron laístas, tampoco hay que escandalizarse demasiado. Además, es obvio que lo que llama la atención se recuerda mucho mejor.

Álex Grijelmo dedica todo un capítulo de su libro La punta de la lengua a analizar errores gramaticales y léxicos  similares a estos en canciones ya pertenecientes al acervo (en estos casos, acerbo) popular. Recuerdo sus puntualizaciones sobre versos abiertamente incoherentes como “Si fueras posible agarrar”, de Víctor Manuel, o la mayor genialidad de la literatura hispánica: ”Te pido perdón, a sabiendas que no los concedas”, de Antonio Orozco, línea en la que aparecen no menos de tres transgresiones gramaticales evidentes (queísmo, discordancia de número y un subjuntivo que no se sabe muy bien qué pinta ahí). En realidad, cualquier letra puede revelar alguno de esos fenómenos que siempre han fustigado los normativistas, como en aquella copla que dice “te lo juro, compañero: no debía de quererte”; lo mismo cuando Antonio Flores se preguntaba ”quién puede estar encima suyo“; o cuando Raffaella Carrà nos cuenta que tiene “una amiga que su marido se queda mucho en casa”. Pero estos detalles son ya casi tan culturales como la propia cultura. Mejor no analizar las piezas que triunfan actualmente entre gran parte del público más joven; no está claro si el sistema de comunicación que utilizan se puede considerar lengua española, o más bien es una mezcolanza de gruñidos ingleses y centroamericanos.

Es fácil suponer que, cuando una canción triunfa y el público llega a memorizarla, los errores de expresión se perciben como algo natural, como parte necesaria de la letra, hasta el punto de que dicha canción no parecería la misma si alguien se molestara en reinterpretarla de acuerdo con las normas académicas. Resulta inquietante pensar que durante siglos se pudiera rezar aquella versión vallisoletana del padrenuestro que decía “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”, sin que ni siquiera los feligreses andaluces notaran nada raro. Quizá no sea tan grave, pero es curioso que la mala gramática pueda sonarnos bien simplemente porque la hemos aprendido de memoria o porque va acompañada de música, a manera de la píldora que nos dan con un poco de azúcar. Ya me imagino los debates políticos y los telediarios convertidos en sesiones de karaoke, con el fin de difundir las mentiras y las verdades adulteradas con mucha más eficacia.

 

maaijon

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2 Respuestas para Variaciones sobre un tema

  1. Lucky75 1 febrero, 2017 en 15:52 #

    Cuando hagas la versión en inglés, puedes comentar el caso de “Everything I do, I do IT for you” (Brian Adams). Es curioso porque parece una traducción del español.

    • maaijon
      maaijon 1 febrero, 2017 en 20:17 #

      Pues sí. Nunca me había sonado mal, pero se supone que el “it” sobra. No es un morfema de concordancia como nuestro “lo”…

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