Miguel Ángel Aijón Oliva
But just say the word
 

Perífrasis reales

 

Todos los años, al tener que abordar las perífrasis verbales en la clase de gramática, uno vuelve a sorprenderse ante la gran cantidad y variedad de construcciones de este tipo que solemos utilizar en español. Hay que distinguir entre las perífrasis modales y las aspectuales; pero, además, dentro de cada uno de estos grupos se pueden aislar múltiples subtipos, en función del matiz semántico que vienen a aportar: en el primero, posibilidad, probabilidad, necesidad u obligación, e incluso deseo, si se quiere incluir el verbo querer cuando debe ir seguido de un infinitivo; en el segundo, valor ingresivo, incoativo, durativo, egresivo, reiterativo… Y aún estaríamos olvidando la distinción formal entre esquemas de infinitivo, gerundio y, según algunos (entre los que nunca he llegado a contarme), participio. He de añadir que esta situación va resultando aún más asombrosa si uno se pone a observar la notoria riqueza de la propia conjugación verbal, con decenas de formas diferentes para cada unidad léxica. Como si los hispanohablantes no pudiéramos contentarnos con lo mucho que la madre Morfología había de concedernos en el primigenio reparto de desinencias, y tuviéramos que multiplicar las posibilidades expresivas del núcleo oracional casi hasta el infinito.

No obstante, las descripciones y relaciones de esquemas perifrásticos en nuestra lengua no suelen tener en cuenta la existencia de uno con el que, ocasionalmente, estoy a punto de conmoverme hasta el llanto, dada su rara elegancia, junto a la elusividad de su significado. La explicación de este frecuente olvido por parte de los estudiosos y divulgadores debe de residir en que, por lo general, la perífrasis en cuestión apenas puede hallarse fuera de leyes orgánicas y reales decretos firmados, como ha de ser, por el Jefe del Estado. Voy a mostrar un ejemplo muy reciente (Boletín Oficial del Estado de 31 de octubre de 2016; con omisión de los nombres propios, por respeto a la privacidad de las personas aludidas):

BOE 1

El esquema sigue siendo, de hecho, habitual en este contexto, casi siempre en la fórmula específica vengo en sancionar (ejemplo de 4 de noviembre de 2016):

BOE 2

La presencia de venir en + infinitivo aun en los más recientes textos legales, con su grandeza de España, ese abolengo (de abuelo) aún mayor que el del futuro de subjuntivo y el de la mayúscula en Yo, continúa transportándonos a otra época, como si la monarquía parlamentaria, la división de poderes y el Estado de derecho no hubieran terminado de llegar a ciertos rincones de la morfosintaxis en pleno siglo XXI. ¿Qué puede significar esta construcción? Simplemente viene a indicar que… ‘Yo puedo decirlo’. Pues bien, habrá que disfrutar siempre así de esta joya, en su rara aristocracia, en su inexpugnable torre de marfil gramatical. Sigamos admirando, con secreto y culpable placer, los vestigios de un mundo en que el rey jamás debía caer en la vulgaridad de las bien llamadas formas simples del verbo. Siglos atrás, otro Felipe solía alardear de que en su imperio nunca acababa de ponerse el sol; probablemente no llegó a comprender que la divinidad del rey tenía que consistir, sin duda, en poder disponer de una estructura gramatical para él solo.

 

 

maaijon

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