Guillermo Sánchez León
Incluye artículos de divulgación científica, material para la enseñanza, y publicaciones del autor
 

Un copo de nieve

Guillermo Sánchez (http://diarium.usal.es/guillermo).

 Un viento gélido acariciaba mi ardiente cara, el corazón me latía frenéticamente. Las campanadas anunciaban la medianoche. Estaba desesperada, la tardanza se prolongaba más de una hora, empecé a asumir que Federico ya no se presentaría aunque conservaba la secreta esperanza de que algo le hubiese impedido acudir a la cita. Sin embargo, la duda duró poco, se desvaneció cuando escuché que alguien comentaba que Federico se había unido a una rondalla que iba hacia la casa de Elisa, su novia. ¡Qué ingenua había sido! creer que un joven veterinario, de buena familia, dejaría a su novia por una aspirante a costurera que había conocido hacía pocos días. Miré por última vez la placa con la inscripción: “Fuente del A…” parcialmente recubierta por una pequeña capa de nieve. Volví a casa de mis tíos. Avergonzada, entré sigilosamente por la puerta trasera temiendo que se hubiesen dado cuenta de mi ausencia. Afortunadamente no fue así. Inmediatamente me metí en la cama, en pocas horas tenía que tomar el autobús para volver con mis padres.

Me desperté sobresaltada al oír la voz de mi tía que me llamaba. Miré el reloj de pared, marcaba las 7 y el autobús salía a las 9, o eso creía. Advertí que estaba sentada en una mesa camilla junto a los rescoldos de una lumbre. Estaba confusa, eran las 7 de la tarde, no de la mañana. Pregunté en que día estábamos: Era el 29 de diciembre de 1959. La secreta cita aún no había ocurrido, quedaban 4 horas. A las 11 de la noche de nuevo estaba en la Fuente del Apio, el punto acordado. Suenan las campanadas de medianoche y Federico no se presenta, me alejo desesperada, cuando oigo un tumulto y alguien que grita: ¡A don Federico le ha caído una cornisa y lo ha matado! Deshecha tomo el autobús de la mañana, ante los demás no era nadie para Federico, y no tenía excusa para prolongar mi estancia en el pueblo.

Oigo la voz de mi tía que me dice: ¡Despierta!, son las 7 y tienes que prepararte para coger el coche de línea. Me encuentro en la cama y me siento totalmente desconcertada, unos instantes después me doy cuenta que Federico nunca me había propuesto una cita, con él simplemente había cruzado unas palabras y unas miradas, todo había sido un sueño.

Cincuenta y cinco años después pensaba en ese episodio de mi vida. En mis recuerdos los mismos hechos frecuentemente tenían varios desenlaces ¿Qué había pasado en este caso? Como en otras ocasiones me dirigí a mi diario, ocupaba decenas de volúmenes y ese acontecimiento, por la época, debía estar en el primer volumen. Lo abrí. En la guarda, en letras grandes, decía (sin duda era mi letra): “Advertencia: Padeces un raro trastorno que en muchas ocasiones te impide distinguir tu sueños de la realidad. Estos volúmenes son un diario de tus sueños. Tú verdadera vida está en el diario que tiene tu hermana Victoria. Si quieres conocer tu vida real pídeselo antes de continuar”.

Hacía años que había acordado con mi hermana que ella conservase un diario. Al escribirlo, ella se aseguraba que su contenido correspondía a mi vida real. Cuando estaba muy confundida lo releía para hacerme consciente de cual era mi verdadera vida.

Con los años había aprendido a convivir con mi “trastorno” que para mí no era tal, era un don. Para la mayoría de las personas los periodos de sueño están claramente diferenciados de los periodos de vigilia. Los sueños se recuerdan vagamente y normalmente incluyen hechos incoherentes, a veces fantasiosos, que se identifican claramente cuando se está despierto.  En mi caso no es así, mis sueños siempre parecen una continuidad natural de mi vida. Cuando duermo, me “despierto” dentro de mi propio sueño e imagino lo que me ocurrirá los siguientes días. Recuerdo los sueños con detalles, y todo aparece como una narración ordenada perfectamente coherente de mi vida. En mis sueños recuerdo una sola vida: la que estoy viviendo en el sueño. Cuando estoy despierta recuerdo todas mis vidas y puedo claramente diferenciarlas como historias separadas, pero a veces no se cual corresponde a mi verdadera vida. Muchas de mis vidas pasadas son comunes hasta un determinado momento, en que se bifurcan. A veces he tomado decisiones basándome en mis vidas imaginadas, por ejemplo: En una ocasión conocí un hombre que me pareció interesante, soñé que me casaba con él y con el tiempo resultó ser un maltratador. En mi vida real quiso casarse conmigo, no lo acepté. Años después tuve noticias de que se había separado de su mujer acusado de malos tratos. A veces pensaba que tenía algo de bruja.

Desde hace muchos años tengo la costumbre de ir escribiendo mis sueños, la mayoría de ellas son vidas bastante anodinas, las que tienen algún interés he conseguido publicarlas como novelitas, con seudónimo: Carlos Romero. En los años 60 y 70 del siglo XX fui casi tan conocida como Corín Tellado.

A mis 73 años después de haber soñado múltiples vidas, tengo la experiencia de más de mil mujeres, quizás lo más importante que he aprendido es que la vida es un juego de azar. En una de mis historias voy en tren, ojeo una revista de viajes y el desconocido del asiento de al lado me cuenta que ha estado en Italia y lo ha encontrado un país fascinante. Me pareció una buena sugerencia. Hice el viaje con una amiga, conocí a un hombre con el que  mantuve una relación duradera; él abandonó a su mujer. En otro sueño –que para mí no es distinguible de la vida real- me subo en el mismo tren pero mi compañero de asiento es otro, no hago el viaje a Italia y mi vida a partir de ahí es muy distinta a la del sueño anterior. Un hecho aparentemente baladí, producto del azar, como sentarme en uno u otro asiento acaba teniendo consecuencias en el resto de mi vida. Lo curioso es que para el pasajero del tren por el que fui a Italia el encuentro conmigo habría sido intrascendente. Me pregunto qué hechos insignificantes para mí influirán en las vidas de otros con consecuencias que no puedo sospechar: una maniobra en un coche que minutos más tarde ocasiona que otro coche llegue medio segundo antes a un cruce provocando un accidente o que a un conocido le presente a una amiga que le hace conocer a otra amiga con la que acaba casándose. Nadie tiene una vida insignificante, nada es insignificante: en uno de mis sueños mientras voy en el autobús un gorrión me distrae y me salto la parada a la que iba, al bajarme en la siguiente me encuentro con una persona que no veía hacía años, y retomamos nuestra antigua amistad.

Aunque sabía que la vida era una especie de lotería, también sabía que podía influirse en la elección de los números, y que había ocasiones que no se debían desaprovechar, en mis vidas eran más las veces en las que me había arrepentido de lo que no hice que de lo que hice, aunque también hubo casos, pocos, en la que hice cosas que me hicieron desgraciada el resto de mi vida.

Decidí repasar una vez más el jalón que inició mi trastorno, tenía que aclarar ese hecho que ocurrió hace 55 años. Era mi última oportunidad. Le pedí el diario a mi hermana. Empezaba justo el 29 de diciembre de 1959. En los primeros renglones decía: “…Me enamoré de un veterinario más de diez años mayor que yo, Federico, estaba convencida de que él también lo estaba de mí. Estaba a punto de casarse, acordamos una cita secreta. No se presentó, había sido una ingenua creyendo que dejaría a su novia por mí. Entre sollozos dejé el pueblo de mis tíos…. Unos meses después tuve noticias de que se había casado”. Nunca supe más de su vida. Me preguntaba ¿Cómo habría sido mi vida con él? ¿Tuvo alguna razón para no presentarse? ¿Qué había sido de él? ¿Estaría vivo? En esa época yo tenía 18 años y él debía rozar la treintena,  no sería extraño que hubiese muerto. La única forma de saberlo era busca a Federico. No me resultó difícil encontrarlo. Supe que vivía en el  mismo pueblo en el que nos conocimos. Sin decirle nada, decidí ir a verlo. Posiblemente ni sabría quién soy, quizás un vago recuerdo. Me presenté en el pueblo; lo primero que hice fue ir al sitio donde nos habíamos citado: La “Fuente del Apio”, un manantial natural con una pequeña fuente que había en una de las entradas del pueblo. La fuente seguía existiendo, sobre la misma una inscripción decía: “Fuente del Ave” Pero ¿no era “Fuente del Apio”? Pregunté  si le habían cambiado el nombre y me dijeron que la Fuente del Apio no era esa, estaba en otra entrada del pueblo. Mi corazón experimentó una sacudida. ¡Había equivocado “Fuente del Apio” con “Fuente del Ave”! Recordé que ese día nevaba, una pequeña capa de nieve debía tapar “Ave”  y yo, una recién llegada, asumí sin dudarlo que estaba en la “Fuente del Apio”. Mientras yo permanecí allí, quizás él me esperaba en la verdadera “Fuente del Apio”. Alguien me indicó cómo llegar a la “Fuente del Apio”, estaba solo a unos metros. Me dirigí hacia ese sitio y la casualidad hizo que él estuviese allí. Le dije: <<Lamento el retraso, pero la nieve me hizo confundir la “Fuente del Apio” con la “Fuente del Ave”>>. A lo que respondió: <<No te preocupes solo te he esperado 55 años>>.

La nieve había cubierto la “ve” de “Ave”. En un programa de televisión vi como una capa de nieve empezaba por un solo copo. Ese copo había cambiado nuestras vidas y de muchos más: las de sus hijos y nietos y las de los que yo no tuve. No volví a soñar, mejor dicho lo hacía como las personas normales. O quizás mi vida era un sueño dentro de un sueño. Poco importa, los tres años que aún vivió Federico fueron los más felices de mi vida, de todas mis vidas.

Nota: Este cuento también puede escucharse en http://radio.usal.es/programa/eureka-relatos-y-cuentos . Está inspirado en el conocido efecto mariposa: Does the flap of a butterfly’s wings in Brazil set off a tornado in Texas? E. Lorenz.

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