Guillermo Sánchez León
Incluye artículos de divulgación científica, material para la enseñanza, y publicaciones del autor
 

La bibliotecaria

Guillermo Sánchez León ( http://diarium.usal.es/guillermo)

[A mi madre: Felicitas León Gala, que pudo leer este cuento]

Miré los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer tendidos en una amplia cama. Sus caras expresaban sensación de placidez. Ella, incluso muerta, mostraba un rostro bello y sonriente. Parecía estar inmersa en un sueño agradable.

Me dirigí a un joven policía que allí estaba y le pregunté:

― ¿Sabe quiénes son?

― Señor Inspector, por lo que dicen sus DNI se trata de Elisa Cabrera y Miguel Gala, de 55 y 69 años. Ella es bibliotecaria y él ingeniero, posiblemente jubilado, pues tiene un carné de pensionista.

― Deben ser ricos, lo digo por las dimensiones y el lujo de esta mansión.

―La casa no es suya. Nos llamó esta mañana su dueño, que se la había alquilado por un mes y hoy era el último día. Fue quien los encontró  ―contestó diligentemente el policía.

―No sabía que estas mansiones se alquilaban ―pensé en voz alta.

El policía me dio una explicación amplia sobre lo que podía haber sucedido. Cuando llegó había junto a la cama unas estufas encendidas, de esas que se ponen en invierno en las terrazas de algunos bares. La puerta del dormitorio estaba cerrada; no le extrañó por lo fría que era la casa. Probablemente se trataba de muertes por asfixia debido al monóxido de carbono, un accidente de los que en invierno no son infrecuentes. Los cadáveres aún estaban calientes; habrían muerto hacía pocas horas.

Las conclusiones del policía eran razonables. Sin embargo, varias cosas me llamaron la atención. A pesar del frio, no tenía mucho sentido tener unas estufas encendidas, pues en la misma habitación había una chimenea francesa cuyos rescoldos aún conservaban el calor. Era raro que el accidente ocurriese justo el día en el que acababa el alquiler.

Inspeccioné la habitación. Atrajo mi atención un pequeño librito encuadernado artesanalmente. Leí las primeras líneas y empezaban así: “Mi nombre es Elisa Cabrera. Tengo 55 años. Nací en Ovando, un pequeño pueblo en el que mis padres eran maestros,…”. No pude leer mucho más, ya que entraron en la habitación el juez y el forense.

A las pocas horas, el informe del forense concluía que la muerte había sido por asfixia debido al monóxido de carbono. La sangre de ambos contenía una ligera tasa del alcohol. Le sugerí al juez investigar si se trataba de un suicidio. Me respondió que no importaba si era muerte natural o suicidio. Tanto la justicia como la policía teníamos suficiente trabajo como para malgastar el tiempo en averiguarlo. Además, no tenían hijos y todo lo que habían dejado era un pequeño piso en el centro de la ciudad.

¿Quiénes eran Elisa y Miguel?, me preguntaba. Obtuve autorización del juez para inspeccionar su piso, diciéndole que eran unas pesquisas rutinarias.

En el piso había dos habitaciones con estanterías llenas de libros. En el anaquel más alto vi una caja, que para alcanzar tuve que alzarme en una silla. La abrí y contenía numerosos libritos, en apariencia iguales al que había visto en la mansión. Comencé a leer uno de ellos. Decía: “Mi nombre es Elisa Cabrera, tengo 51 años. Nací en Ovendo, un pequeño pueblo en el que mis padres eran maestros,…”.  Me fui al último capítulo, que contaba cómo ella estaba en la biblioteca y él la recogía al final de la jornada. Tras elegir varios libros al azar, aprecié que todos empezaban y acababan de la misma manera. Juzgué que se trataba de copias del mismo libro, pero me di cuenta de que la edad de Elisa variaba entre 49 y 55 años; además, el número de páginas no siempre era el mismo, así que ojeé el capítulo 5 de varios libros y confirmé que sus contenidos eran distintos.

Aparte de una inmensa curiosidad, ¿qué podía yo argumentar ante el juez para mantener abierto el caso? Éste descartó cualquier artificio y dictaminó que se trataba de muertes por causas naturales.  Acepté su decisión, pero no me sentía satisfecho, de modo que hice una copia de las llaves del piso y cada noche iba por allí y leía uno de aquellos libritos. Todos parecían ser autobiografías de Elisa, o al menos estaban escritas por ella en primera persona. Aunque empezaban igual, salvo en la cifra de la edad, cada uno narraba una vida distinta de Elisa y Miguel. Eso sí, en todos los casos eran vidas apasionantes, llenas de aventuras, vidas que me gustaría haber vivido a mí. Eran relatos de una calidad más que notable. Me sentí como Max Brod, a quien Kafka dejó en herencia su extraordinaria obra literaria sin publicar.

Mi curiosidad por resolver aquel caso aumentaba cada día, y ya me parecía el más asombroso al que me había enfrentado.  Un día hallé dentro de El Aleph de Borges unas hojas manuscritas con la letra de Miguel. Nada más leer las primeras líneas intuí que estaba ante la solución del enigma:

“Cuando me encontraba en lo que consideraba la plenitud de mi vida profesional, un día me llamó el jefe de mi departamento, que apenas tendría 30 años. Me dijo que la empresa, para sobrevivir, necesitaba renovarse con jóvenes adaptados a las últimas tecnologías, que se desenvolviesen en las redes sociales para transmitir una imagen dinámica. Yo recibiría una indemnización más que suficiente para mantenerme cómodamente hasta mi edad formal de jubilación. Aquello me cayó como un jarro de agua fría. ¿Qué podía hacer yo con cincuenta y pocos años? Yo me consideraba un técnico excelente, pero carente del menor espíritu para emprender un negocio. Había dedicado toda mi vida profesional a la misma empresa, hasta el punto de que mi matrimonio se fue a pique, por la poca atención que dedicaba a mi mujer mientras otro  se la daba por mí. Cuando volvía del trabajo solo me apetecía descansar viendo la tele o yendo al cine, mi pasión desde joven. Mi rutinaria vida siquiera se veía interrumpida los fines de semana, cuando salía de excursión con una asociación de amantes de la naturaleza, gracias a la cual me había hecho geólogo y botánico aficionado.  Eso me despejaba para afrontar el trabajo que me esperaba durante la semana, y ahora no me esperaba nada, lo que me llevó a la depresión.  Había que encontrar un camino para salir de ella, pero yo no tenía mucha habilidad social. Desde luego, dedicarme a jugar a las cartas o ir a bailes de salón no parecían la salida, por tanto retomé algo que de joven soñaba hacer: escribir una novela. Sin embargo, para ello tenía antes que leer a los autores con mayúscula. Con ese fin empecé a ir a una pequeña biblioteca que había cerca de mi casa, que tenía una sala amplia y apacible de lectura. Solo por la tarde la algarabía de algunos niños y jóvenes rompían el habitual silencio.

Desde el primer momento, quedé cautivado por una bibliotecaria muy hermosa y alegre, que trataba a cualquiera con una amabilidad extraordinaria, siempre acompañada de una sonrisa.  Yo procuraba sentarme en un lugar que me permitiese observarla. Pasaba horas y horas leyendo y para descansar dejaba volar mi imaginación: ¿Quién era ella? ¿Estaría casada, tal vez comprometida? Mi prejuicio machista me decía que una mujer tan guapa y animada no podía verse en otro estado, si bien nadie pasaba a recogerla.  Me demoraba hasta la hora del cierre, momento que aprovechaba para cruzar con ella unas breves palabras sobre lo que yo había leído. Así pasaron los días, y las palabras acabaron en conversaciones. Me contó que la biblioteca había heredado de un benefactor su extraordinario fondo, con textos originales muy antiguos, e incluso atesoraba algunos incunables. Comprobé que conocía todos los libros que había allí, y que leía en griego y latín, lo que aumentó más si cabe mi admiración por ella. Más adelante, me atreví a mostrarle la novela que estaba escribiendo. Ella me atendía y hacía algún comentario inteligente, aunque yo sabía que lo hacía por deferencia. Un día me armé de valor, y al cierre de la biblioteca la invité a tomar café y aceptó, y aquello se repitió muchas veces. Luego empezamos a vernos fuera de la biblioteca; me acompañaba en mis excursiones campestres. ¡No podía creerlo! En vez de un hombre acabado me sentía en la plenitud de la vida, tanto que me convencí de que al despedirme de la empresa había sido muy afortunado.

La verdad es que raras veces mencionaba su vida antes de conocerme. Solo me enteré de que había trabajado en los archivos de la Biblioteca Nacional y de que no se había casado. Por lo demás, casi siempre hablaba de sus libros, afirmando que desde una biblioteca se podía llevar una vida tanto o más intensa que la de cualquier aventurero, pues cada libro no era sino una aventura. Ponía como ejemplo a Julio Verne, quien pasó una parte importante de su vida en bibliotecas y había logrado crear algunos de los mejores libros de viaje de la literatura universal.

Transcurridos pocos meses desde el inicio de nuestra relación, le propuse que se casara conmigo, a lo cual reaccionó echándose a llorar. Me confesó que estaba en esa pequeña biblioteca tras dejar la Biblioteca Nacional, por culpa de una enfermedad mental que creía hereditaria.  Eso la había llevado a rehuir la idea del matrimonio, evitando así que sus hijos heredasen dicha enfermedad. Yo insistí en que, padeciese lo que padeciese, me daba igual, y al final nos casamos y con ella viví los mejores momentos de mi vida. A los dos o tres años comenzó, de vez en cuando, a llamarme por otros nombres, casi siempre de personajes literarios (Aquiles, Otelo,…). Yo creía que bromeaba y así debía ser al principio, pero poco a poco acabó confundiendo la realidad con la literatura. El psiquiatra me dijo que padecía un extraño tipo de esquizofrenia, en el cual solo recordaba lo último que había leído como si fuese real: ella se creía uno de los personajes y todo lo que le rodeaba era parte de esa fantasía. Era un desconcertante cuadro sin curación. Me sentí desesperado, pero no podía darme por vencido ¡Tenía que encontrar la solución! Tuve entonces una idea: escribiría un libro donde relataría nuestra propia vida, como si fuese un diario redactado por ella misma. Sería lo último que leería antes de dormirse y al despertar su realidad y la mía coincidirían.  Lo llevé a cabo y funcionó. Y encontré algo mucho mejor: mientras ella estaba en la biblioteca, yo iba introduciendo modificaciones al libro que había escrito el día anterior; para eso reconozco que los ordenadores son de gran ayuda. Comprobaba qué versiones le gustaban más. Mi ilusión era encontrar cada día una historia mejor.  Siempre finalizaba los relatos de la misma manera: con ella en la biblioteca esperándome al finalizar la jornada.

Al acostarnos, le dejaba el libro que había escrito ese día para que lo leyese antes de dormirnos. Cuando no llegaba a tiempo, utilizaba alguno de los que ya tenía escritos. Todos los días disfrutábamos comentando la última aventura como si realmente la hubiésemos vivido; para ella era así y yo acabé por creérmelo.  Así vivimos centenares de vidas juntos.

Un día empecé a sentir que la imaginación me iba fallando, que algo en mi cabeza no funcionaba. El médico me confirmó la peor de mis sospechas: padecía alzhéimer, lo cual significaba que acabaría perdiendo la memoria y todo lo que me hace persona. Y eso no era lo que más me preocupaba. Lo que me hacía sentir abatido de veras era preguntarme: ¿qué sería de ella sin mí?

El último libro sería el mejor de todos. Buscaría una mansión en la que vivir ese último sueño”.

Plegué las hojas y volví a colocarlas dentro del libro. El juez tenía razón. Era un caso de muerte natural.

Nota: Este cuento puede escucharse en http://radio.usal.es/programa/eureka-relatos-y-cuentos .
 

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