Guillermo Sánchez León
Incluye artículos de divulgación científica, material para la enseñanza, y publicaciones del autor
 

El caso improbable de Abel Martín

Por Guillermo Sánchez ( http://diarium.usal.es/guillermo )

Al despertarme sentí que unos brazos de mujer me rodeaban, me giré y experimenté un sobresalto ¿quién era aquella extraña que yacía junto a mí?  Ella entreabrió sus ojos  y me dijo con dulzura: “Abel ¿qué te ocurre?”  Me sorprendió escuchar aquella pregunta en mi idioma materno, el español. Miré a mí alrededor y comprobé que estaba en una habitación tenuemente iluminada por la luz de un despertador que me era completamente desconocida. Me pregunté si estaba soñando pero todo me parecía tan real que debía encontrarme despierto.  Intenté reconstruir lo que había hecho la noche anterior antes de acostarme. Recordé que tras un día extenuante de trabajo me había ido a la cama solo. Así ocurría desde que perdí el contacto de mi adorable Sveta.  Como siempre me había dormido preguntándome donde estaría. De nuevo escuché “Abel ¿por qué no me respondes? Instintivamente me levante y vi que el dormitorio en el que me encontraba daba a un pasillo flanqueado por tres puertas; dos de ellas permanecían entreabiertas.  Mire en el interior de una habitación,  vi a una niña que dormía plácidamente. En otra había otra niña algo mayor que al observar mi presencia me miró  y me dijo: Papá ¿es ya hora de levantarse?  Un nuevo sobresalto recorrió todo mi cuerpo. Me encontraba junto a una desconocida, con unas niñas que parecían ser mis hijas en un lugar que podría jurar que jamás había visto.  ¿Y si todo era una operación maquiavélica del KGB para hacerme creer que estaba loco? Decidí comportarme como si hubiese experimentado una amnesia pero yo tenía recuerdos, y bastante precisos, el problema era que no encajaban en absoluto con lo que estaba viviendo.

Los días siguientes fueron una terrible pesadilla: extraños que se presentaban como amigos, compañeros o vecinos;  lugares en los que nunca había estado; aparatos que me parecían de ciencia ficción como si hubiese dado un salto de varios años al futuro. Sentí profundas emociones cuando me reencontré con mis padres, mi hermana y mi hermano y sus hijos, en mis recuerdos hacía muchos años que no los veía y la imagen que tenia de ellos. Sin embargo aseguraban haberme visto en los últimos meses incluso haber hablado por teléfono conmigo hacía solo unos días. Mis sobrinos se dirigían a mí como un tío con el que tenían un contacto frecuente pero yo solo tenía el recuerdo del mayor de ellos, un veinteañero, que yo solo recordarlo de cuando era un niño de pocos años. Durante un tiempo viví en la más absoluta confusión.

Aparentemente era un caso de amnesia pero con una característica muy especial: en mi mente no existía tal amnesia pero mis recuerdos no correspondían a lo que se suponía había sido mi vida. Intenté encontrar algunas de las personas que formaban parte de mis recuerdos como era a Sveta. Mis fracasos fueron constantes aunque en algunas ocasiones las personas existían pero no me recordaban.

Pasaron los meses y a partir de las conversaciones con mis familiares y amigos fui reconstruyendo lo que supuestamente había sido mi vida real. No solo se veía afectados los recuerdos que tenía de mi vida sino de todo lo que había ocurrido en el mundo.  Me resultó de gran utilidad internet (invento que me era totalmente desconocido) pues me permitió acceder a las hemerotecas, incluso a las imágenes de todo lo ocurrido.  De la historia del mundo de los últimos años sólo algunos personajes estaban en mis recuerdos, como era el de la primera ministra inglesa Margaret Thatcher o del presidente de Estados Unidos Ronald Reagan. No recordaba a Gorbachov ni la caída del muro de Berlín ni el derrumbe de la caída de la Unión Soviética, hechos que me resultaban completamente inverosímiles. Tampoco recordaba noticias que debían haber tenido un fuerte impacto mediático como era la explosión del trasbordador espacial Challenger o la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil. En cambio recordaba hechos que al parecer no se habían dado, como era el fracaso de la expedición tripulada soviética al planeta Marte en 1996. Escribía meticulosamente todo lo que podía recordar. Toda mi vida fluía en mis pensamientos con una enorme nitidez. Siempre había tenido una excelente memoria y no tenía la sensación de haberla perdido. Comparaba lo que debía haber sido mi vida y la del mundo con mis recuerdos,  a veces había cosas coincidían pero en la mayoría de los casos no era así.

Así llegue a una conclusión sorprendente: desde el  año 1980, probablemente desde el mes de febrero, todos mis recuerdos no tenían nada que ver con la realidad. Me había inventado en una sola noche 20 años de vida, y no solo de mi propia mi vida si no de todo lo que había ocurrido en el mundo en los últimos 20 años.

¡No tenía sentido! Poco a poco me fui convenciendo de que mis recuerdos eran una realidad inventada. Intente explorar la existencia de casos clínicos similares pero siempre encontraba diferencias sustanciales con el mío. Persistentemente me quedaba la sensación de que en mi pasado debía haber hechos  que ni yo ni los que me rodeaban conocían. Además había algo muy extraño: podía hablar perfectamente en ruso, un idioma que según mis conocidos nunca había estudiado.

Mis visitas a psiquiatras eran frecuentes, muchas veces por iniciativa de estos. Me había  convertido en un caso curioso que todos los psiquiatras querían tener en su curriculum. Así trascurrieron casi tres años desde aquel fatídico despertar cuando una mañana recibí una llamada del doctor Galán –el psiquiatra que siguió mi caso desde el principio-citándome a su consulta para el día siguiente a las 17 horas.

Miré el reloj digital que  había en la pared de la sala de espera. Marcaba las 16:40 del martes 8 de febrero de 2003. Como era habitual en mí, había llegado con antelación a mi cita.  Justo a las 17 horas el Dr.  Galán abrió la puerta de su despacho y amablemente me invitó a pasar.  Nada más entrar observé la presencia de una mujer delgada y alta, de ojos claros, que debía tener una edad parecida a la mía.

—Le presento a la doctora Irina Kuznetsova  de la Universidad de California,  una eminencia en el estudio de la consciencia, aunque, como se habrá dado cuenta por el apellido, es de origen ruso. Se ha interesado por su caso y tal vez pueda ayudarle ―dijo el doctor Galán.

Ella se dirigió a mí en español, con un ligero acento ruso:

―Encantado de conocerle Sr. Martín o ¿debo llamarle doctor Martín?

― Llámeme por mi nombre: Abel ― le contesté.

El Doctor Galán nos pidió que continuásemos en ruso, sin preocuparnos que él no pudiese seguirnos; al final podríamos hacerle un resumen.

Después  de una breve conversación protocolaria la doctora Kuznetsova continuó:

―Permítame que haga un resumen de su caso, me gustaría estar segura de que lo he entendido: El 4 de mayo de 2000 fue sometido a un escáner cerebral por RMN (resonancia magnética) tras una persistente migraña. No se le observó nada anormal, pero al despertarse la mañana siguiente no reconocía a nadie, ni a su esposa, con la que llevaba casado ocho años. De hecho, no se acordaba de nada de lo que realmente le había ocurrido en los últimos veinte años; ni siquiera pudo reconocer a sus dos hijas.  Lo extraño es que no se trataba de un caso habitual de amnesia. Usted tiene recuerdos de esos años pero corresponden a una vida imaginada. Además, y eso es lo más sorprendente, podía hablar en ruso, un idioma que no había estudiado, y que por lo que veo conoce bastante bien.

Le ratifiqué lo que había dicho y ella prosiguió:

―Usted nace en 1957 en un pueblo pequeño. Mediante becas obtiene la licenciatura en lenguas clásicas por la Universidad de Salamanca en 1979. Inicia el doctorado en la misma universidad. Mientras lo realiza participa en un congreso  de Lenguas Clásicas en Sevilla en febrero de 1980.  A partir de ahí es cuando sus recuerdos y su vida real entran en conflicto.

Para evitar confusiones ―añadió―  utilizaré dos términos: vida real, para referirme a lo que suponemos ha sido su vida desde febrero de 1980 hasta el 4 de mayo de 2000, que usted mismo ha recopilado basándose en la información que le ha aportado su familia y quienes mejor le conocen, y vida recordada, para referirme a lo que dice recordar desde 1980 hasta el 4 de mayo de 2000. Tanto antes como después de este periodo sus recuerdos y su vida real parecen coincidir.  En su vida real abandona el doctorado en 1981 tras aprobar las oposiciones para ser profesor de instituto de latín y griego. Se casa por primera vez en 1986, y se separa sin hijos en 1989. Se vuelve a casar en 1992 con una compañera del Instituto Unamuno, en el que continúa en la actualidad. Se ha reincorporado recientemente tras una baja de más de un año.  Tiene dos hijas de 10 y 7 años.  Quienes le conocen le definen como una persona muy entusiasta por su trabajo y por la enseñanza en general, poco dado a las fantasías. Desde su incidente,  con la ayuda de su familia, en particular de su esposa, ha ido reconstruyendo la historia de su propia vida y de lo sucedido en el mundo desde febrero de 1980 hasta mayo de 2000 ¿Es así?

―Efectivamente así es  ― respondí, añadiendo ―El empleo de ese invento que desconocía, internet, me ha permitido ponerme al día con facilidad. Pero después de dos años, todo lo que Ud. ha citado sigo percibiéndolo como algo aprendido pero no vivido.

― En su vida recordada las cosas sucedieron de forma muy diferente. En aquel congreso de Lenguas Clásicas de febrero de 1980 conoció a Sveta Petrova, que acompañaba a la delegación soviética como intérprete, de quien se enamoró hasta el punto de que pocos meses después se reunió con ella en Odessa, hoy Ucrania, y se fueron a vivir a Novosibirsk (Rusia). Allí se doctoró con una tesis sobre el indoeuropeo dirigida por el profesor Federov, un reputado lingüista, y se dedicó al estudio de lenguas extintas.  Según su relato, no solo su vida sino la historia del mundo en general trascurrieron de forma muy distinta. Por ejemplo: Gorbachov no fue presidente de la URSS. La URSS cayó en una nueva era estalinista.  A usted, que por su facilidad con las lenguas antiguas le llevan a colaborar en un servicio especializado en la descodificación de mensajes. Por ello se le consideró poseedor de secretos de estado y se le prohibió viajar a Occidente. Me sorprende el detalle con el describe este periodo en un texto de más de 300 páginas”.

―Por cierto, y no lo tome como una ironía ¿no se ha planteado publicarlo como novela?  Su relato es una verdadera ucronía de lo que hubiese sucedido en la Unión Soviética si Gorbachov no hubiese sido presidente; además su vida resulta bastante apasionante”.

―No es la primera vez que me hacen esa observación. Incluso me han llegado a insinuar  que era una treta propagandística para lanzar una novela de éxito. Me han dado multitud de posibles explicaciones. Pero nadie me ha aclarado cómo puedo hablar ruso sin haberlo estudiado,  o cómo tras el incidente he publicado artículo sobre lenguas antiguas que supuestamente no tenía que conocer (no olvide que en mi vida real mis conocimientos de idiomas se limitaban la griego y al latín). O cómo puedo recordar datos de personas que no he conocido y de ciudades en las que no he vivido.  A veces me pregunto si todo lo que me está pasando desde aquella mañana de mayo de 2000 es realmente una pesadilla.

― ¡Pues vayamos al grano!  ―exclamó Kuznetsova, y continuó ―  Yo viví en Novosibirsk en 1983 en un periodo que debería coincidir con su presencia allí. Realmente residí junto a Novosibirsk en el mismo lugar que Ud dice haber vivido: Sciencia, una pequeña ciudad secreta creada para la comunidad científica donde estaba el Departamento de Lenguas Clásicas en el que supuestamente Ud trabajó. De esta ciudad y esa época hay poca información escrita, por lo que difícilmente tendrá un conocimiento de cómo era la realidad cotidiana en Sciencia.  Una breve conversación sobre aquella época le debería llevar a aceptar definitivamente que su historia es fruto de su imaginación.

En ese momento tuve la sensación de que el rostro de Irina me era conocido. Habían pasado cerca de 20 años, ella entonces debería tener veintitantos. Busqué en mis recuerdos, me vino un nombre, la miré fijamente y exclamé: “Irina Soboleva Sergevena”

Observé que su cara palidecía. Después de unos segundos contestó: “Hace mucho tiempo que no me llaman así, era mi nombre de soltera.  Me gustaría que no vuelva a utilizarlo y no me pregunte por qué”.

―No se preocupe― le dije, mientras pensaba que en Sciencia se habían hecho muchos experimentos controvertidos. Tal vez Irina habría participado en alguno y preferiría que no se le relacionase con ellos

Continuamos hablando de la vida en Sciencia: locales  de moda y otros temas de la vida cotidiana, incluso teníamos conocidos comunes. Aunque no recordaba que algún español hubiese estado allí, hecho que no le habría pasado inadvertido.  Tampoco recordaba a Sveta.

Enfrascados en la conversación, habíamos olvidado al doctor Galán, que permanecía impertérrito sentado en una esquina del despacho, contemplando la escena como si de una obra de teatro se tratase. Nos  interrumpió diciendo: “¿No creen que ya es hora de que me cuenten a qué conclusión han llegado? Por sus gestos debe ser bastante interesante”.

Irina, en español, dijo de forma contundente: “¡Abel ha vivido en Rusia! Con eso no quiero decir que su relato sea real.  Probablemente lo que le han contado sobre su vida no sea toda la verdad.” Clavó su mirada en la mía diciéndome: “O quizás, consciente o inconscientemente, nos está escondiendo algunos hechos. Tal vez Sveta sea una persona real; si es así lo más sencillo sería encontrarla y obtener su testimonio”.

―He hecho indagaciones para localizarla ― contesté ―, incluso lo he intentado a través de la embajada rusa. Todo ha resultado inútil.  No es extraño, pues como bien sabe, Sveta Petrova es un nombre muy común en ruso, y hasta es posible que, como usted,  se haya casado y cambiado de nombre. Probablemente la única forma de encontrarla sea viajar a Novosibirsk, aunque la simple idea de hacerlo me sobrecoge. Aún me atemoriza encontrarme con la policía de la antigua URSS”.

Irina se ofreció a darme varios contactos de personas que vivieron en Novosibirsk en torno a 1982-83. También mostró interés en que la visitase  en su centro de investigación de La Jolla (San Diego), donde podría someterme a distintas pruebas.

Salí más confuso de lo que había llegado. Antes de la visita me estaba convenciendo de que todo había sido una fantasía construida en mi mente para llenar el vacío de una vida anodina, como algún psicoanalista me había diagnosticado. Ahora volvía a preguntarme qué tenían mis recuerdos de realidad y qué de fantasía.  Decidí ir a Novosibirsk y hacerlo solo y pronto. Las vacaciones de verano estaban próximas, eso me permitiría disponer de tiempo.

Pocas semanas después tomé el avión hacia Moscú, donde enlazaría con otro vuelo para Novosibirsk. Desde que subí al avión con frecuencia sentía que estaba de nuevo en mi vida recordada.

Había estado en Moscú hacía solo 3 o 4 años, al menos en mi imaginación. Aterricé en el aeropuerto de Domededovo, que no conocía. No me extrañó, pues según me habían informado se trataba de un aeropuerto de reciente construcción. Desde allí me tenía que trasladar al aeropuerto de Sheremétiev. Cogí un taxi y tuve que negociar el precio. Eso me retrotraía a mi vida en la URSS, donde una cosa eran los precios oficiales y otra los reales.

Mientras bordeaba Moscú, contemplaba a lo lejos edificios reconocibles y otros que no recordaba haber visto. Me llamó mucho la atención la presencia de coches alemanes de la gama más alta en vez de los Volga y Lada, que la nomenclatura solía utilizar.   Cuando me aproximé a la terminal 1 del aeropuerto Sheremétiev un escalofrío recorrió mi cuerpo al divisar la silueta de los aviones Tupolev de la compañía Aeroflot, una escena que me resultaba muy conocida.  En uno de estos aviones despegué hacia Novosibirsk, donde me alojé en el centro histórico, en un hotel de la agencia Intourist que, al menos en mis recuerdos, era la que utilizaba habitualmente, pues prácticamente monopolizaba el turismo en la URSS. Aunque remodelado, el hotel también me era familiar. Había cambiado de nombre, pero un camarero me confirmó que su nombre anterior coincidía con el que yo creía.  Cada vez me sentía más confuso, como si en mi mente se superpusiesen imágenes reales retocadas. No me cabía duda: había estado antes allí pero, como si de un decorado de película se tratase, parte del escenario había cambiado.

Inicié un peregrinaje en el que conseguí contactar con algunas de las personas que ya conocía, al menos así lo percibía. Me presentaba como un lingüista que les había conocido en un congreso en Sevilla en 1980. En los primeros años  que siguieron a ese congreso, les decía, había visitado esporádicamente Novosibirsk. Ahora estaba intentado localizar a una intérprete llamada Sveta Petrova. No di más detalles, pues quería evitar que me tomasen por loco. Nadie se acordaba de mí ni de Sveta, quizás algún vago y lejano recuerdo.  Para mí las cosas resultaban bastante distintas. Tenía la sensación de reencontrarme con personas que había visto en fechas relativamente próximas. Desesperado, volví a Salamanca más confuso que nunca. Tal vez, pensaba, estaba realmente loco.

Unos meses más tarde recibí un correo electrónico. La remitente era Sveta Petrova. Sentí una punzada en el corazón. Con la mente obnubilada lo abrí.  Estaba escrito en español y escuetamente decía:

Querido Abel: A través del profesor Sergéi Nóvikov he sabido que me buscabas. Hace ya varios años que me establecí en Moscú. ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! Más de una vez me he preguntado cómo habría sido mi vida junto a ti. Mi teléfono es + 7 (495) 4145010. Llámame, seguro que tendremos mucho que contarnos. Un fuerte abrazo. Sveta

Me llamó la atención que la única información que me daba era que vivía en Moscú; seguramente tenía razones para ello. Tuve la tentación de llamarla inmediatamente, pero casi como un sonámbulo opté por comprar un billete en el primer avión a Moscú. Era un vuelo que despegaba a la mañana siguiente. A través de internet localicé la dirección a la que correspondía el número de teléfono que me había dado. Pasé la noche en blanco, casi en estado catatónico. ¡Por fin vería a Sveta y solucionaría el enigma que rodeaba a mi vida!

El avión salió puntual, y aterrizó en Moscú a las 14 horas. Inmediatamente tomé un taxi y me dirigí hacia la dirección en la que suponía viviría ella. En el trayecto multitud de preguntas e interrogantes pululaban en mi cabeza. El taxi paró junto a un edificio de apartamentos situados en una buena zona. Entré en el vestíbulo; además de una recepcionista observé la presencia de dos guardias de seguridad. Pregunté a la recepcionista por Sveta Petrova. Me dijo que allí había varias Sveta pero ninguna con ese apellido. Estaba decidido a no telefonearla por lo que le rogué que me permitiese esperar allí. Me mostró un sillón, me senté y abrí un libro del que no llegue a leer una sola línea. Pasaron varias horas.

Sobre las 22 h un guardia de seguridad se dirigió a mí, y con no muy buenos modales me pidió que abandonase el edificio. Mientras esto ocurría se abrió la puerta del vestíbulo y una bella mujer la atravesó: ¡Era ella! Estaba tal como la recordaba, pero con mejor aspecto. Habían pasado cinco años desde la última vez que la vi, así lo sentía, y en esa ocasión la policía soviética me detenía en mi propia casa y me separaba de ella. Me confinaron en una de las ciudades secretas en la que vivía como en una cárcel. Por más que lo intenté perdí el contacto con Sveta. Casi había perdido la esperanza de volver a verla. Entonces fue cuando una mañana me desperté junto a una desconocida y resultó que todo lo anterior había sido una pesadilla.

Pero ahí estaba de nuevo Sveta, no era fruto de mi imaginación. Ella me reconoció inmediatamente y nos fundimos en un prolongado abrazo y sentí cómo sus labios se oprimían con los míos. Subimos a su apartamento casi sin mediar palabra, y entonces me preguntó por qué no le llegué a enviarle la carta prometida. Escudriñé el último rincón de mi cerebro, y me acordé de que en el congreso de Sevilla acordamos que nos reuniríamos en Odessa, donde ella residía.  Previamente yo debería realizar  gestiones para conseguir las autorizaciones que necesitaba para continuar mi doctorado allí. Le prometí que le enviaría por carta (las comunicaciones por teléfono con la URSS eran difíciles) la fecha en la que nos reuniríamos en Odessa. Ella me dijo que esa carta nunca le llegó ni volvió a tener noticias mías.  Pensó que ella había sido para mí una apasionada aventura de unos pocos días.

Entonces, pensé  ¡Todos los recuerdos sobre mi vida en la URSS eran fruto de la imaginación! Volví a España y caí en una profunda depresión.

Poco a poco fui desterrando esos perturbadores recuerdos. De vez en cuando fantaseaba buscando una explicación lógica a lo que me había sucedido.  Un día, medio adormilado, contemplaba un documental en la televisión cuando escuché algo que me sobresaltó. Su presentador contaba que algunos físicos se planteaban como posibilidad real que el tiempo no siguiese una sola dirección, que a lo largo del tiempo nuestra vida se iría dividiendo en vidas paralelas, cada una de las cuales seguiría caminos diferentes. Algo así como un árbol que parte de un tronco común y se va bifurcando en multitud de ramas, cada una de las cuales representa una  línea de vida.  Viviríamos múltiples vidas pero solo seríamos conscientes de la  correspondiente a cada uno de los caminos.  Estos caminos, nuestras múltiples vidas, nunca volverían a encontrarse.

Me sentí como Arquímedes gritando eureka tras descubrir el principio de flotabilidad con lo que podía asegurar a Herón II una forma infalible para evitar que su corona no tuviese otro metal que no fuese oro. ¡Por fin resolvía mis interrogantes!: había vivido dos vidas, lo que la doctora Kuznetsova  llamaba mi vida real y mi vida recordada, y probablemente muchas más. Estas vidas deberían haber seguido caminos separados, pero algún motivo muy improbable hizo que mis vidas se cruzasen.

La euforia duró poco, otra locura dentro de la locura. Pretendí alejar aquellos pensamientos de mi cabeza, eran demasiado fantásticos. Pero día tras día buscaba en internet palabras como: “Universos paralelos”, “Parallel Universes”, “Multiple universes”  y otras similares. Me aparecían millones de enlaces web relacionados. Poco a poco fui identificando los enlaces cuyos contenidos que procedían de ciencia autentica y de científicos relevantes. Me asombraba la naturalidad con que algunas de las mentes más brillantes contemplaban la existencia de múltiples universos (que normalmente denominaban multiverso) como una posibilidad real, incluso como una necesidad. En muchos casos estas teorías  especulaban sobre realidades que yo consideraba más fantástica que mi propia historia.  Estas ideas se convirtieron en una obsesión. Aunque parecía increíble la posibilidad de que hubiese vivido dos vidas paralelas era la única explicación racional que podía encontrar. Me vino a la cabeza las palabras de Sherlock Holmes a  Watson: “Cuando todo aquello que es posible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad.”

Pero ¿si era así? ¿Qué habría sido de mi álter ego?

URSS, en un lugar no identificado

Un hombre que dice llamarse Abel Martín despierta en un sitio extraño. Oye voces en lo que cree es ruso, idioma que desconoce. Un calendario electrónico marca: 04 – 05 – 2000.  Día tras día es interrogado sin entender las preguntas de sus verdugos. Pasado el tiempo se encuentra ante una mujer. Aunque han pasado muchos años desde la última vez que la vio la reconoce, es Sveta Petrova. Vivió un apasionado romance con ella en un congreso en Sevilla. Aún recuerda la fecha: febrero de 1980. Pero desde entonces no había sabido nada de ella ¿qué hacía allí?  – se pregunta.

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