Blog de Ana Fraile
Facultad de Ciencias
 

Un alto en el camino. Reflexiones sobre el vídeo de Ken Robinson

https://www.youtube.com/watch?v=-np-1YQI1xY

La escuela mata la creatividad. Ken Robinson.

Nada de lo que voy a decir aquí es nuevo.

He tenido que esperar para poder comentar el vídeo, ya que se pueden sacar infinidad de lecturas sobre 20 minutos de vídeo, muchas de ellas aplicables a mi futuro como docente (o eso espero). Fuera de trivialidades, esta es una de esas actividades con un altísimo componente emocional y que nos “tocan” por dentro; una de esas charlas que le sentarían a mi corazón como un guante de seda pero que sé que traen consigo recuerdos plagados de espinas.

Con todo y con ello, trataré de poder dar una visión objetiva… o no, dado que por una vez, tarde lo que tarde, cueste lo que cueste, intentaré que dejar que fluya el vaso de mi imaginación (un poco malherida tras un largo paso por el sistema educativo).

Lo más fuerte, inicio del vídeo, es la reflexión sobre que educamos a los niños y niñas para trabajar, pero que su entrada al mundo del trabajo será de cara a diez años. Esto es una paradoja, dado que no sabe nadie (ni esos grandes sociólogos ni economistas) qué va a ocurrir ni siquiera dentro de 4 años, y estimando al alza. Siempre nos empecinamos en meter conocimientos en las pequeñas mentes pensando en su día de mañana pero ¿de verdad que nos creemos más que el tiempo que es algo eterno? Por mucho que este sea un concepto humano para ordenar su triste existencia, debo decir que nos supera por 1000 a 0. ¿cómo enseñar y EDUCAR a jóvenes si no sabemos qué va a pasar? ¿con qué criterio y autoridad tenemos (y perdón por la expresión) las santas narices de decir “haz esta carrera que tiene muchas salidas”? La experiencia es un grado y todos los mayores se merecen mis respetos, venero su experiencia, pero detesto que me hayan indicado que hacer toda la vida: ni su contexto es el mismo, ni sus errores son los mismos que puedo yo cometer, ni yo tengo que aprender de SUS errores, sino de los mío.

Minuto tres del vídeo, tras esta afirmación se oyen unos comedidos aplausos en el auditorio: “la creatividad es hoy tan importante en la educación como la alfabetización”. Situémonos por un segundo en el mundo actual: nuevas tecnologías, rapidez en la información, saturados de información, más bien, y alrededor de nosotros sólo se lucha por una cosa: impactar con su información (dejemos en el aire de quién es ese SU y hagamos un pequeño acto bypass) y la mejor manera de hacerlo es la visual. Además a través de las pantallas, llenas de iconos que toquetear nos llega a las áreas del cerebro mejor que estímulos simples. Y he aquí mi pregunta: si un chico o chica de 15 años tuviera que estudiar con los apuntes que tuve yo, en blanco y negro se moriría del asco, por no decir que no podría cualquiera, necesitaría comprender mi idioma y el código lingüístico usado en los apuntes que nos daban (que muchas veces no comprendíamos ni nosotros). Pero, pongamos en su mano una tablet, con luz y color, con imágenes; no se van a necesitar letras posiblemente, poco a poco estamos sustituyendo conceptos, cada vez más complejos por iconos y emoticonos o emojis y no deja de ser una forma de comunicación. ¿aun así, qué se sigue enseñando y dando como válido en todas las materias? La retórica clásica, que no reniego de ella, ni de los aforismos, ni de las maravillosas metáforas de Lorca o recovecos literarios de Góngora y Quevedo pero ¿quiénes nos creemos para pensar que esa es la manera adecuada de comunicarse y no otra? ¿quién nos dice que TODOS debemos expresarnos y usar ese lenguaje? Para algunas personas es un gasto y tiempo de energía absurdo a lo mejor, mientras que a otras les va que ni pintado y a un tercer grupo se le queda corto.

Miedo al fracaso: hace unos días, con la entrada de la Quinta Lección: ABC del método científico, publiqué al final una imagen sobre qué cree la gente que es el éxito y qué es en realidad. A mí, en mi “escuela”, en mi cultura, se me educó para tener un miedo horrible al fracaso. Es más, parecía que si en mi cartilla de notas no eran todo dieces no estaba teniendo éxito (para algunas personas). Los profesores tienden a premiar los resultados puntuales: ¿ha hecho bien los ejercicios? ¿da el resultado? ¿ha usado mi método? Y yo me pregunto, vale que hay que tener unos mínimos ¿pero de verdad podemos ser tan cerrados con tanta edad? ¿por qué no dejamos que nos guíen aquellos que aún no se han puesto esas restricciones absurdas?

Mi caso es muy sencillo. En la mayoría de asignaturas era una niña que iba bien, a excepción de dos en las cuales iba bien pero no era de sobresaliente: gimnasia y educación plástica y visual.

En el caso de gimnasia tuve la buena estrella de que, a pesar que para cuando empecé con esa profesora ya le tenía tirria a la asignatura, encauzó mi concepción. Sacaba siempre cincos raspados, y cada vez me esforzaba menos, pero llegó Manoli y nos puso unas pruebas obligatorias para todos y unas en las que elegíamos entre atletismo y montaje, o sea, poder hacer coreografías con elementos de gimnasia rítmica ¡Bailar! El alivio que sentí, dado que siempre me ha encantado la música, fue tal que casi me pongo a llorar. Nunca he sido rápida, ni fuerte, pero sí elástica y la oportunidad de expresarlo hizo que comprendiera por qué esa hora le gustaba tanto a mis compañeros. Todo lo que me dan debe ser devuelto de alguna manera, así que, me empecé a esforzar más en la parte genérica. Primera evaluación un 6. No cabía en mí de gozo. Me seguí esforzando y es cierto que me quedaba mucho para llegar al nivel de los compañeros pero obtuve un 7. Yo sabía que no “merecía” esa nota y seguí quemándome las pestañas hasta la tercera evaluación. Había mejorado y estaba rozando la media de la clase en muchas de las pruebas, algo nuevo para mí, ya que he sido y soy patosa y poco atlética. Ver la nota me dejó conmocionada. Fui a hablar con Manoli casi llorando, y le pregunté que por qué. Yo no me sentía merecedora de un nueve pero me respondió que mi esfuerzo y mi creatividad en los montajes superaba a los compañeros; los resultados no, pero mi línea de progreso sí. Entonces comprendí que en otras muchas asignaturas quizá no se hubiera estado haciendo del todo bien ya que se premiaba aquello que era “innato” “estable” y “adquirido a imagen y semejanza de”.

Ni que decir tiene que sufrí a una profesora de plástica tres cursos, una hora en la que me encantaba estar aunque reconozco que mis problemas de combinar colores son importantes. Sin embargo aquí se me puntuaba por el canon, por lo bien que había copiado un bodegón o lo similar al mismo que me había salido. Siendo esta una asignatura donde debe expresarse la creatividad. Tan sólo recuerdo uno de los años donde pidió en una hora un dibujo libre con lápices de colores. Recuerdo haberlo entregado, con el nombre por delante; recuerdo que se expuso en el día de puertas abiertas, con mi nombre tapado; recuerdo que no se me devolvió; recuerdo que me bajo la nota ese trimestre por no haber sido creativa.

¿cómo van a probar las personas si somos jueces y verdugos constantemente? ¿por qué no mirar un poco más allá? ¿por qué somos tan ineptos que somos incapaces de ver lo poco bueno (o mucho, que estamos muy ciegos) de la actuación de alguien pero a la mínima mal penalizamos?

Vale que hay contenidos mínimos, pero si no instamos a que se arriesguen y se esfuercen, si motivamos a que siempre hagan lo mismo, nunca avanzaremos como cultura. Y luego nos extrañamos de que no hay casi mentes prodigiosas ¡Normal! ¡Las ahogamos día a día y sin piedad!

Y aquí enlazo con la siguiente frase y fase de la charla: si  preguntamos el propósito de la educación pública, de acuerdo con quién llamamos ganadores y quiénes hacen lo que deben, la respuesta es producir profesores universitarios. Esta es a concepción credencialista impuesta durante las últimas décadas, donde no eres nadie si no tienes un título universitario, ahora extensible a título más máster, y donde eres más que otros cuando título es de medicina en lugar de filología hispánica. Se nos ha ido la cabeza con esto y hasta este verano me he estado preguntando qué había hecho mal que yo estaba sin trabajar, o sobreviviendo a costa de mis padres y unas pocas clases particulares, cuando mi amigo y vecino, con FP básica estaba trabajando y siendo independiente, viviendo de su trabajo y esfuerzo… yo me había esforzado mucho, había sacrificado aún más cosas ¿qué hacía mal?

Pues plantearme la vida como siempre me había dicho, usar una concepción caduca de sociedad neo-estamental en la nueva sociedad líquida, la era del cambio me dio en los hocicos y donde más me dolía. Y es cierto. Caí en el error de pensar que tenía más derecho por haber sacrificado más. Lo que no sabía es que no había sido en el sentido correcto y eso me había llevado a ser una adolescente social y sentirme inhabilitada en ese sentido. Es una dura lección para aprender yo sola y siendo ya mayor con férreos principios heredados.

Así que me tocó crear un nuevo plan de ataque, me tocó rescatar la creatividad para enfrentarme a la realidad. Nunca vi tan cierto el mito de la caverna.

Tenemos una idea muy maltrecha (o la que me transmitieron) de los que es inteligencia. Hemos dejado la creatividad de lado en la educación, cuando se supone que educamos para el crecimiento integral. Todos somos diversos y la sociedad funciona gracias a esa diversidad, y aún así nos empeñamos en recortar todas las mentes igual.

O cambiamos o nuestra sociedad va a involucionar y esa bomba, tal como nos han educado y formado, nos va a salpicar de tal manera que o partimos de cero o morimos en el intento.

P.D.: Ando tras el libro del elemento, de Ken Robinson. Por ahora os dejo más de este gran orador y sir británico:

Página web.

Os iremos informando de los nuevos fracasos, o eso espero.

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