Miseria relacional

1/10/17, 0:29

La exclusión social es un fenómeno complejo, de causas estructurales, y que afecta de manera extraordinaria a la población con discapacidad. El análisis de la exclusión social se ha acometido con mucha frecuencia a partir de indicadores económicos (empleo, ingresos, pobreza, miseria) lo cual, siendo importante, es en ocasiones insuficiente si no se añaden otros criterios como el del acceso a derechos de ciudadanía, o las restricciones en el establecimiento de relaciones sociales y comunitarias. Dicho de otra manera, no es posible asegurar la inclusión social si únicamente se miden, estudian y tratan de garantizar ingresos, pero no se dedica atención y recursos al análisis de necesidades y diseño de apoyos para para establecer relaciones sociales positivas, esto es, de amistad, afectivas y sentimentales, en entornos comunitarios.

La importancia y necesidad del desarrollo de las relaciones sociales supone un aspecto fundamental para cualquier persona, también las personas con discapacidad, no sólo por una cuestión social, sino también para el desarrollo de la personalidad y estabilidad emocional. Sabemos que una amplia red de relaciones sociales supone un recurso social, además de una forma de identidad que resulta básica para el bienestar. Situaciones de excesiva dependencia familiar, aislamiento, falta de privacidad o intimidad, en un contexto de escasos recursos económicos, suponen para las personas con discapacidad graves dificultades a la hora de iniciar, desarrollar y mantener relaciones sociales de todo tipo (de vecindad, de compañerismo, de pareja, etc.).

Las cantidad y calidad de los lazos que se establecen en la vida cotidiana son difíciles de medir, pero conocemos algunos datos que muestran que la frecuencia con que las personas con discapacidad mantienen relaciones con amigos o familiares evidencia claras diferencias respecto a las personas sin discapacidad. Así, son casi el doble las personas con discapacidad que reconocen no tener nunca o casi nunca ocasión de tratar a amigos o familiares, y son tres veces más las personas con discapacidad que reconocen haberse sentido solas siempre o casi siempre, en comparación con la población sin discapacidad de su entorno.

Pero la miseria relacional no se representa sólo en la ausencia o escasa frecuencia de oportunidades para establecer y mantener lazos sociales virtuosos, si no en el riesgo de ser víctima de lazos sociales perversos, como el aislamiento, o el abuso. En este ámbito, la investigación nos demuestra que las personas con discapacidad presentan diferencias estadísticamente significativas con la población sin discapacidad en aspectos relacionados con confianza en las personas, la preocupación por ser víctima de delitos violentos, y la frecuencia en que son víctima de abusos y otras formas de violencia. En todos los casos existen diferencias importantes por género y tipo de discapacidad, siendo las mujeres con discapacidad intelectual y/o psicosocial las que sufren mayor exclusión en el ámbito de las relaciones sociales.

La reducción de la discapacidad como factor de riesgo de exclusión social pasa por el establecimiento de recursos para el fortalecimiento de la autonomía personal, que permita una toma de control sobre las cuestiones que afectan a la propia vida, con especial atención a la eliminación de lazos sociales perversos, y a la promoción y mantenimiento de oportunidades para establecer relaciones sociales satisfactorias fuera de los círculos específicos y/o institucionalizados.

Las personas con discapacidad que se encuentran en situación o riesgo de exclusión social precisan pues oportunidades especiales adaptadas a necesidades específicas, basadas fundamentalmente en la provisión de apoyos que sea necesarios más allá de la protección económica, para el ejercicio de derechos de ciudadanía, la interacción social, la creación de lazos afectivos, y la presencia en espacios comunitarios.

En la medida en que las personas con discapacidad encuentren un entorno inclusivo que facilite su expresión y participación social, la invisibilidad de este grupo, el riesgo de aislamiento y abuso se reducirán. Igualmente, en la medida en que se incrementan las iniciativas de auto-representación y presencia social de las personas con discapacidad, o crecen los desarrollos normativos vinculados a la inclusión social de la población discapacidad, las oportunidades de reducir la miseria relacional crecerán.

Publicado en el boletín cermi.es el 29 de septiembre de 2017

Salir del armario

8/08/16, 11:22

“Salir del armario” es una expresión que puede ser empleada para explicar el paso adelante, hacia la presencia social, de personas o grupos sociales tradicionalmente discriminados, es decir, maltratados. “Salir del armario” es lo que hicieron las mujeres a través del movimiento feminista en la Europa del siglo XIX, las minorías raciales en los Estados Unidos a mediados del siglo XX, las personas homosexuales en tiempos recientes, y es lo que están haciendo ahora, y en los próximos años, las personas con discapacidad. “Salir del armario” en fin, consiste en dejar atrás un tiempo largo de invisibilización, ocultación, maltrato, cuando no eliminación, de determinadas personas por el simple hecho de ser como son.

Hace menos de 100 años entendíamos como natural que las mujeres no tuvieran derecho al voto, hace 50 nos parecía lógico que los negros ocuparan la parte trasera del autobús, hace menos de 20 años creíamos bueno que los homosexuales no pudieran casarse, hoy en día aún nos parece bien que las personas con discapacidad no estudien donde lo hacen las demás personas, no trabajen, o incluso si las detectamos a tiempo, no nazcan.

La restricción arbitraria de derechos a determinadas personas es la expresión más clara de nuestra forma de vivir en sociedad, que desde la noche de los tiempos deja atrás a algunos, para que otros tengan ventaja, ¿le suena?: varones, blancos, heterosexuales, fuertes, inteligentes… somos, por así decirlo, el grupo privilegiado, y nos cuesta renunciar a ciertas ventajas construidas socialmente.

Pero al igual que hemos aprendido que nuestro comportamiento como sociedad hacia determinadas minorías ha sido injusto, lo tendremos que comprender ahora con las personas con discapacidad. La aceptación de las personas con discapacidad en la sociedad en condiciones de igualdad y en ausencia de discriminación es finalmente un proceso de cambio social largo, duro, doloroso, pero imparable.

Y como todo proceso de cambio social, llega mucho antes al discurso público que al comportamiento privado. Difícilmente es posible encontrar hoy en día una declaración pública o una ley que discrimine abiertamente a las mujeres, a las minorías étnicas, o a los homosexuales o a las personas con discapacidad. Pero eso no significa que la lucha contra la discriminación haya tenido éxito.

Si nos fijamos en indicadores clave como el nivel de pobreza, el acceso a la salud o a la educación, comprobamos que aquellas personas que tradicionalmente han sido objeto de exclusión social, la siguen sufriendo en mayor o menor medida, es decir, eliminar la discriminación en las leyes o en las columnas de los periódicos está bien, pero no basta.

La discriminación de las personas con discapacidad se construye fundamentalmente en la vida cotidiana, y es ahí donde se sitúa el gran reto de la inclusión social. Dentro de la población con discapacidad, además, existen grupos especialmente expuestos a discriminación, en concreto el de las mujeres con discapaciad intelectual.

Desde hace años, sabemos que el éxito de la inclusión social de cualquier persona en riesgo de exclusión se puede lograr a través de apoyos en diversos ámbitos, pero sin duda el más importante es la inserción laboral. La participación en el mercado de trabajo, tener un empleo en definitiva, es la estrategia más eficaz y valiosa para la inclusión social, y es por ello que el acceso al empleo de las personas con discapacidad (y especialmente de las mujeres con discapacidad intelectual) es, además de necesario, una cuestión de justicia social.

(Publicado en El Día de León el 7 de agosto de 2016)