Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Archivo | junio, 2016

La historia y el recuerdo

En estos días en que se celebra el 75º Aniversario de la liberación de Auschwitz deberíamos ser conscientes de la necesidad de conocer la historia, desde sus múltiples ángulos, para saber de dónde venimos y poder comprender así quiénes somos. Hay cuestiones que el relativismo moral no puede rehacer. Con el holocausto, tenemos un claro ejemplo. No hay posibilidad de describir de otra forma más que como crimen contra la humanidad el asesinato masivo al que se vio sometido el pueblo judío, pero también el pueblo gitano  y otras comunidades discriminadas por su origen étnico, religión, creencias políticas u orientación sexual. Se buscaba  la raza aria, principio basal del tercer Reich, pilotado por un iluminado como fue Adolf Hitler. No es casual, por tanto, que la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada el 10 de diciembre de 1948, se alzara como antídoto ante tan feroz crueldad.

Pero lo peor de todo es que las discriminaciones siguen existiendo, tantos años después, revestidas ahora de los más diversos ropajes. No hemos avanzado tanto. Poco a poco al ser humano se le pretende ir relegando a un segundo plano. Prima sobre él la condición de extranjero, de homosexual, de mujer, de discapacitado. En una etapa en que las minorías deberían haber dejado de existir, vuelven con toda intensidad ataques indisimulados contra el ser humano. Y debemos estar atentos, y no debemos tolerarlos, porque hay una cosa que no admite discusión y es que la dignidad humana está por encima de toda ideología. Ahí está la historia. Y la memoria.

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Contra la intolerancia

Probablemente, en algún momento, no demasiado lejano, desde la Universidad tengamos que reflexionar sobre esto. La intolerancia. Y no me refiero sólo al discurso del odio, al resurgimiento de las fobias, a torpedear al otro, que no se entiende, que no se valora, que no se respeta. Me refiero también a otra radical ola que se ha empezado a extender por las Universidades en que se vedan ciertos debates, se reniega de la dialéctica, y desde un totalitarismo supuestamente militante se deja o no hablar, en función de lo que el otro vaya a decir. Así no. Así nos alineamos con quienes desde otras esferas, menos cultivadas pero igual de dañinas, se lanzan contra el otro.

Contra la intolerancia, respeto. Y cultura. La cultura necesita reposo. Sosiego. No la inmediatez de las redes. En las que se vierte la bilis. Sin digerir el pensamiento.

Contra la intolerancia, respeto. Y conocimiento. Es necesario romper con ese estado de opinión en el que vivimos en el que todos parecemos saber de todo. No es así. Deberíamos recuperar la vergüenza, que es más bien respeto, para poder hablar de los temas que nos interesan.

Y contra la intolerancia, dignidad. Es increíble que en el siglo XXI las cavernas emerjan como si los derechos políticos, civiles, económicos, sociales no existieran, como si nunca hubieran existido.

Frente a este discurso del odio. Frente a aquellos que han hecho de la incultura su bandera. Desde la Universidad tenemos que ofrecer conocimiento, cultura, compromiso social y, sobre todo, respeto. A lo mejor tenemos que ir organizando la resistencia.

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Empiezo a pensar que se podrá

Hoy, como muchos, estoy pendiente del debate de investidura. Cuando esto escribo escucho a Alberto Garzón. Lo que a mí, personalmente, me reconcilia con la política. Muchas verdades y mucho contenido en su discurso. Está claro que hay una fortaleza clara en el debate frente al humo, la alharaca y el filibusterismo al que ya nos tienen acostumbrados aquellos que se escudan tras la bandera sin que hayan demostrado su capacidad de defenderla. Tampoco en esta ocasión.

La fortaleza está en haber logrado trabar un programa de gobierno ilusionante, social, necesario. Al que podría haberse llegado, bien es verdad, mucho antes, pero ahora sólo importa el presente. Y el futuro. El programa es interesante, esperanzador. Cierto que a veces demasiado genérico, y el candidato a presidente hoy no ha querido o no ha sabido desarrollar algunas de las ideas que deberían ser esenciales, como cómo hacer de los ODS una estrategia en la acción de gobierno o cómo trasladar los principios de la responsabilidad social corporativa también a la administración pública, cuestiones ambas de indudable importancia. Hay también otras perspectivas, a mi juicio, equivocadas, como el planteamiento en contra de la gestación por sustitución, mezclando cuestiones que nada tienen que ver pero que al peso parece que al presidente le gusta venderlas como carta a favor del feminismo. Esta batalla habrá que seguir dándola desde el respeto y el conocimiento.

Pero más allá de todo, lo cierto es que el 7 de enero podemos salir de la interinidad y dar paso a un gobierno que comience a construir y a tejer, lo que necesitamos a todas luces. No quiero detenerme ahora sobre el tema de Cataluña y el papel que se le ha querido dar en este debate. En Cataluña arrastramos un problema desde hace años y habrá que saber llegar a una solución. Negar que existe es simplemente relegar su solución. Así llevamos mucho tiempo y cada vez pinta peor. Así que también hay que recibir con optimismo que se pretenda intentar, y ojalá que conseguir, una solución en la que quepamos todos.

Ojalá este año la magia se haga realidad también en este sentido.

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