Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Archivo | junio, 2016

Orgullo

Al buscar la definición de “orgullo” en el diccionario de la Real Academia de la Lengua me he percatado de que hay otra acepción de orgullo, el que hoy mundialmente se celebra, que no está recogida en el diccionario. La RAE lo define como “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Sin embargo, el Orgullo LGTBI es otra cosa. Otro tipo de orgullo, sin duda. El que se reivindica como autoafirmación de lo que uno es; el que busca la aceptación plena de la orientación sexual; el que demanda el respeto ante la diversidad; el que se vanagloria de ser lo que es; el que ha conseguido que tras muchos años de lucha, con la entrega de muchos valientes, hoy vivamos en sociedades libres, que han integrado la diversidad en las formas de vida y han posibilitado en muchos Estados (no en todos aún, desgraciadamente) que el Derecho respalde la realidad plural en que vivimos.

En el calendario de las efemérides, desde luego ésta debe brillar con luz propia. Cada uno celebrará el orgullo a su manera; los habrá que se suban a las carrozas y los habrá quienes desde su espacio más privado también lo reivindiquen. Pero hay algo que creo que compartimos todos y es que hoy es un día para celebrar quiénes somos, en qué nos hemos convertido y el orgullo que poseemos de sabernos dentro de una sociedad que no sólo reconoce la diferencia, sino que ha terminado integrándola con normalidad.

La afirmación, la autoafirmación es la clave del orgullo. Por eso, a quienes se sienten oprimidos, o les pesa aún quiénes son porque no son capaces de reconocerse en su identidad, hay que animarlos a que den el paso y celebren su esencia. No hay nada malo en amar. Da igual a quien se ame. Lo importante es avanzar en el desarrollo personal, porque sólo así puede aportarse al desarrollo colectivo. Así que sí, hoy más que nunca, reivindiquemos nuestro Orgullo.

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Visión humanista del Derecho Internacional Privado: breve desarrollo

 

Hace ya algunos años, cuando presenté mi primer proyecto docente e investigador, quise desarrollar la idea que titula este post. Hablar de una visión humanista del Derecho internacional privado suponía entonces, como sigue suponiendo ahora, algo arriesgado. No por  el planteamiento en sí, sino por el presuntamente corto recorrido. Sin embargo, con el paso de los años, se han ido añadiendo elementos a ese planteamiento inicial hasta el punto que ahora me atrevería hablar no sólo de una visión humanista, sino también sociabilizadora del DIPr. Dos elementos conforman, con carácter principal, esta visión. De un lado, supone reivindicar el elemento privatista dentro de esta disciplina, y de otro, implica poner de relieve su dimensión plural y relacional. La función principal del DIPr consiste en aportar soluciones justas ante elementos heterogéneos. Cuando en una relación privada, está presente el componente de extranjería que supone de entrada vincular esa relación con varios ordenamientos jurídicos, el DIPr actúa como árbitro que ordena y decide qué ordenamiento tendrá voz para decidir según qué cuestión dentro de esa relación. Por ello, tiene una vocación sociabilizadora pues pone en relación distintos conceptos de justicia y no sólo, también decide qué elementos han de darse en una decisión para que la misma pueda tener eficacia más allá del territorio donde se ha dictado.

En esta óptica del DIPr, hay que tener en cuenta, de un lado, el pluralismo y, en concreto, una de sus manifestaciones, el multiculturalismo y, de otro, la globalización económica o mercantilización. Ambos son complementados y potentados por el auge y desarrollo de la sociedad de la información, que ha posibilitado, según algunos, la creación de una aldea global en la que todo es accesible sin necesidad de desplazamiento (conocimiento, cultura, información), e incluso el comercio ha encontrado nuevos medios que explorar y en los que desarrollarse, además de idear nuevas fórmulas de trabajo.

La multiculturalidad, en tanto fenómeno que hace referencia a la convivencia de diversas culturas en un  mismo territorio[1], debe afrontarse desde el respeto al Derecho y a la cultura del otro, no aplicando sistemáticamente la cláusula de excepción del orden público internacional, por considerar que nuestro Derecho es de mayor categoría que otros, sino respetando la identidad cultural que, en definitiva, supone el respeto a la dignidad humana, y entendiendo el elemento de diversidad no como un síntoma de conflicto sino como manifestación de enriquecimiento. Por ello, el DIPr debe indagar en fórmulas interculturales que integren y no separen, que respeten y no que minusvaloren sistemáticamente el Derecho del otro. Por eso, para llevar a cabo esta labor, es muy importante el conocimiento del otro (alteridad) a través de un diálogo continuo para el que la norma de conflicto puede constituir un buen escenario, porque para respetar al otro, primero hay que conocerlo. Lo que, por otro lado, no debiera presentar grandes esfuerzos, dado que ese otro al que podemos denominar, en muchos casos, Islam se encuentra en el corazón mismo de Europa, aunque al “hombre occidental”, como apuntaba Antonio Machado, le cueste aceptarlo[2]. Parece necesario desembarazarse del prejuicio, de la estigmatización, de la simplificación que quiere hacer del otro la imagen previa de cuya negación se derive la propia afirmación, evitando así el paso que del conocimiento lleva al reconocimiento[3].

Desde otro ángulo, constatemos una realidad evidente: el comercio internacional domina hoy el mundo. Los poderes políticos, de alguna manera, se han visto superados por la fuerza del capital. Un capital, además, que hace ricos y empobrece sin más límites que los intereses de las multinacionales que lo controlan. A esto es necesario poner freno. La globalización no puede ni debe consistir en esto. Es necesario proporcionar respuestas adecuadas a la situación mundial, y para ello es necesario apostar por una mejor distribución de la riqueza. Aunque estas palabras pronunciadas aquí y ahora, en los albores del siglo XXI, suenen más a utopía que en tiempos pasados. La consagración de una situación internacional como la que vivimos, con esa inmensa fractura entre ricos y pobres, que se acrecienta más a medida que el tiempo pasa, no tiene por qué permanecer ajena a las críticas. Ciertamente, otro mundo debiera ser posible. Hoy más que nunca, aunque hoy cueste más denunciarlo que hace unos años.


[1] Según Lucas Martín, F. J. de, «La(s) sociedad(es) multicultural(es) y los conflictos políticos y jurídicos», en Lucas Martín, F. J. de, La multiculturalidad, Cuadernos de Derecho Judicial VI-2001, págs. 62 y ss., multiculturalidad e interculturalidad no son conceptos sinónimos. Mientras la multiculturalidad es un fenómeno social que se caracteriza por la presencia en un mismo espacio de soberanía de grupos que se reclaman de diferentes identidades, la interculturalidad, en cambio, constituiría una de las respuestas normativas a esa realidad plural que supone la existencia de multiculturalidad. No se sitúa, por tanto, en el plano de los hechos, sino en el de los ideales, valores o principios, en el plano normativo. Para el Convenio de la UNESCO sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales, hecho en París el 20 de octubre de 2005, y del que es parte España, por interculturalidad debe entenderse la presencia e interacción equitativa de diversas culturas y la posibilidad de generar expresiones culturales compartidas, adquiridas por medio del diálogo y de una actitud de respeto mutuo.

[2] Machado, A., Nuevas canciones y primer cancionero apócrifo (1917-1930), “Hombre occidental, / Tu miedo al oriente, ¿es miedo / a  dormir o a despertar?

[3] Lucas Martín, J. de, «Europas: culturas, identidades, reconocimiento», Cursos de Derecho internacional y relaciones internacionales de Vitoria-Gastéiz, Tecnos, 2000, pág. 28; Id., «Identidad y Constitución Europea. ¿Es la identidad cultural europea la clave del proyecto europeo?», Revista Pasajes, núm. 13, 2004, pág. 21.

 

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Gajes del oficio

Concluye una semana que no ha sido nada fácil. Hay veces en que parece que todo se conjura para ponerse de cara.  Cuando esto sucede, ya vamos teniendo años y hemos ido aprendiendo por el camino, no hay fórmulas mágicas, sólo trabajo, trabajo y trabajo. Hay que seguir pedaleando, porque de lo contrario, ya sabemos qué pasaría. Y poco más que añadir. Hoy ni las palabras ni los pensamientos salen con la fluidez con  que debieran.

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Excelencia universitaria

Desde hace ya algún tiempo el concepto de excelencia universitaria se viene utilizando al antojo de intereses de diversa índole, por actores también diferentes con el objetivo de apelar a no se sabe muy bien qué realidad que escapa a la postre de la realidad misma.
Como estamos en la era de los rankings, los equipos de gobierno de las universidades se afanan por situar a sus universidades en lo más alto, a costa siempre del trabajo del profesorado, claro, porque no olvidemos que desde hace años, en la universidad pública española todo se hace a coste cero. Se exige cada vez más, a cambio de cada vez menos.
Sin embargo, la excelencia universitaria no hay que buscarla en los rankings, ni en los grandes números, ni en los majestuosos edificios que se construyen aunque luego no haya nadie para ocuparlos, la excelencia hay que buscarla en las personas que trabajan por y para la universidad.
Me atrevería a decir que el profesorado universitario de hoy es el más evaluado de todos los tiempos. Estamos siempre siendo sometidos a continuas evaluaciones en la docencia, en la investigación. Se nos exige que nos impliquemos en la gestión de los centros, que hagamos estancias dilatadas en centros de investigación extranjeros de reconocido prestigio. Que publiquemos en las revistas de alto impacto controladas en muchos casos por grupos que no ponen fácil al que es de fuera publicar. Los profesores preparamos nuestras clases, leemos, enseñamos, investigamos, publicamos y en algunos casos, también llevamos a cabo actividades de gestión aunque no siempre estén reconocidas.
Para llegar a ser titular de universidad hoy en día, salvo excepciones propiciadas por políticas arbitrarias de alguna universidad cuyo nombre no quiero citar, se superan los cuarenta años, y en muchos casos se cuentan con más sexenios que los que han tenido nunca los catedráticos de antaño.
Pero el problema no sólo es que desde 2011 la promoción de plazas a cuerpos docentes esté prácticamente paralizada, es que se impide que se contrate a gente joven, excelente, con vocación universitaria, que acaba su tesis y no tiene más remedio que buscar amparo en las universidades privadas, llevándose de esta manera estas universidades un capital humano excepcional que precisamos en las universidades públicas.
Cuando se habla de excelencia por parte de las autoridades, tanto políticas como académicas, deberían sonrojarse. Sí, porque difícilmente puede haber excelencia en un espacio angosto, de financiación deficitaria en donde solo importa lo superficial, y no lo verdaderamente relevante. Para que una universidad funcione adecuadamente todos sus miembros deben encontrarse cómodos y ser reconocidos en su trabajo. Si quien pilota el barco no sólo no reconoce el trabajo del profesorado sino que lanza consignas hirientes como que los contratados fijos con acreditación a titular, por ejemplo, una vez que conseguimos la acreditación no hacemos nada, apaga y vámonos.
En fin, creo que en la universidad española hay excelencia. La excelencia que da la vocación universitaria, el trabajo constante, y el creer y disfrutar en lo que uno hace. Somos muchos los que contribuimos a ella aunque no se nos reconozca. Que no busquen en los rankings. No todo es tangible.

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