Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Archivo | junio, 2016

Plagio es plagio, aquí y en Pekín

En todos los reglamentos de evaluación de los Trabajos Fin de Grado o Fin de Máster se puede apreciar el requisito indispensable de la originalidad, entendida ésta como una labor de análisis de las ideas que probablemente otros han vertido, pero cuya fuente es preciso citar siempre, pues de lo contrario estaríamos vulnerando el derecho a la propiedad intelectual de otro creador, lo que en términos universitarios se castiga con el suspenso.
Sucede en cambio que estos días estamos asistiendo a una bochornosa huida hacia delante del rector de la Universidad Rey Juan Carlos, Catedrático con no sé cuántos sexenios, director de una prestigiosa revista que a la postre ha utilizado en algún momento para rentabilizar su copia/pega. Habiéndose puesto de manifiesto varios plagios en los que ha incurrido, este señor lejos de dimitir, y asumir así su responsabilidad, emite un comunicado que cualquier estudiante de Derecho podría rebatir sin mayor esfuerzo, enlazando tal cantidad de barbaridades que ya con ellas se define por sí solo, como que sólo existe plagio si se obtiene rendimiento económico del mismo, o que el plagio va encaminado únicamente a proteger la propiedad industrial, que no la intelectual, o que la ley de propiedad intelectual tiene difícil encaje en las ciencias sociales. Etcétera.
Para “inasumir” su responsabilidad habla de disfunciones, porque todos somos humanos (y a unos los pillan y a otros no, debería haber añadido). Ya que este señor no dimite, me pregunto si la Universidad no se plantea echarlo. Porque está haciendo muy flaco favor a su Universidad y a la Universidad manteniéndose en el cargo.
Cuando el comportamiento ético no sale de uno, los demás deberíamos poder exigirlo. A ver si manteniéndose donde ahora está se va a tener que revisar cómo obtuvo los sexenios, qué obras presentó para que fueran evaluadas y si estas eran originales, y a la postre cómo obtuvo la cátedra. Y no es por nada, pero molesta que a algunos, a la mayoría de los profesores universitarios, nos exijan tanto para demostrar la excelencia, y a otros sobre los que se demuestra su mezquindad se les mantenga en el puesto, como si nada.

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Pobreza, a secas

Nunca me ha gustado que se adjetive la pobreza, como si su adjetivación fuera capaz de modularla, en una especie de juego macabro en que no estoy muy segura de quién gana y de quién pierde. Estos días, cuando tanto se ha hablado de pobreza energética, cada vez que se pronunciaba el término, algo me chirriaba. Somos muy dados a ponerle nombres rimbombantes a las cosas; nos gusta vestirlas, adornarlas con vocablos que disimulen su verdadero contenido. Yo me pregunto sin embargo si es distinta la pobreza, a secas, de la pobreza energética. Quizás eso nos lleve a un análisis más profundo de por qué los precios de la energía en España están por las nubes, tanto que convierte a muchas familias en pobres, puesto que deben elegir entre comer o tener electricidad, por ejemplo. Pero a la postre, quien no puede pagar los servicios indispensables para vivir dignamente es pobre, y por mucho que se adjetive su pobreza, eso no lo hará menos vulnerable.
Hay algunas Comunidades Autónomas que obligan a las eléctricas a comunicar a las administraciones públicas con carácter previo un corte de luz, para que puedan analizar si esa persona está en situación de exclusión social. Yo me pregunto si no sería más operativo garantizar un suministro mínimo energético por ley. Sería más barato para todos, porque con los cortes y enganches, que deben abonarse además a las eléctricas, las únicas que ganan son ellas, y pierden los ciudadanos y también la administración. No puedo llegar a entender cómo nos hemos convertido en una sociedad que prioriza el respeto de los intereses empresariales antes que las necesidades básicas de los ciudadanos. Y que lo aceptemos como algo normal, connatural a la vida misma. Yo creo que esto es la señal inequívoca de que la sociedad de consumo nos ha abducido tan intensamente que ya no somos capaces de diferenciar lo que son derechos de intereses. Y eso es grave.

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Repensar la democracia

Es curioso la capacidad que tienen algunos de manosear los conceptos hasta dejarlos irreconocibles. En los últimos tiempos, probablemente por la baja o nula talla intelectual de quienes ocupan puestos de responsabilidad en los partidos políticos, hemos asistido a un empobrecimiento o hasta me atrevería a decir, jibarización de la democracia. No soy politóloga, así que comprenderán que esto que voy a contarles es sólo una opinión, como casi todas las que vierto en este blog.
Creo que para construir una sociedad verdaderamente democrática hay factores que deben estar presentes y que en muchos casos faltan. Si la democracia es el gobierno del pueblo, si son los ciudadanos los verdaderos artífices del proceso, entonces deberíamos centrarnos en ellos para darnos cuenta de que sólo si conseguimos ciudadanos bien formados, con conocimientos y aptitudes democráticas, con capacidades de autoafirmación y desarrollo, podremos hablar verdaderamente de democracia. La pluralidad informativa es otro de los factores claves. Si mayoritariamente la información nos llega a través de grupos editoriales controlados a su vez por importantes grupos económicos con unos intereses bien definidos, puede que esa información nos llegue sesgada, o al menos no sea todo lo imparcial que se presume que debería ser toda información, que no opinión. El problema es que la opinión ha ido ganando tanto peso que al final determina la información y eso es un riesgo.
La democracia ha sido secuestrada en buena medida por los partidos políticos. En realidad, son ellos los actores principales del proceso, relegando a un segundo plano a los ciudadanos, lo que ya denota un fallo importante del sistema. Los partidos elaboran un programa con el que se presentan a las elecciones, pero realmente no se trata de un contrato programa. Es decir, pueden al día siguiente de ganar las elecciones hacer lo contrario de lo que en él se dice sin que haya consecuencias jurídicas como a mi juicio debería haber. Pueden incluso manipular la realidad y verter información errónea sobre los procesos. Ahí tienen el referéndum británico sobre el Brexit. La demagogia pudo a la democracia, pero la democracia debería contar con procedimientos jurídicos sólidos que le permitieran defenderse de la demagogia. Otro ejemplo de esto que les digo es Trump. Es increíble que se pueda decir lo que este señor dice, sin que haya consecuencias. Y lo que es peor que haya ganado las elecciones. Lo han votado millones de estadounidenses, es cierto, pero afrontemos el debate de la legalidad frente a la legitimidad. Democrático también fue el tercer Reich y fíjense para que se utilizó ese poder democráticamente elegido. El holocausto es el más absoluto fracaso de la humanidad y a él llegamos como llegamos. A la democracia hay que revestirla de valores sólidos porque si no corremos el riesgo de morir en ella. El aumento de la presencia institucional de los partidos xenófobos en la Unión Europea da buena prueba de ello. Y al final de todo esto llegamos al principio. El poder lo tienen realmente los ciudadanos. Pero para ello hemos de formar ciudadanos con valores sólidos, comprometidos con la defensa de los derechos humanos, que sepan discernir y se sitúen en un escenario lejos de populismos. Tenemos que repensar la democracia. Porque siendo, creo, el mejor de los sistemas, para que funcione de forma adecuada es preciso fortalecerla y apuntalarla. Justo lo contrario de lo que se está haciendo.

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La Universidad que necesitamos

Hay pocos lugares en que fluya la vida de forma tan manifiesta y evidente como en la Universidad. Quienes se forman en la Universidad o han pasado por ella saben que es un medio que imprime carácter. Es un escenario apto para soñar, para elucubrar, para gestar y desarrollar ideas, para discutir, para reflexionar, para contribuir desde el conocimiento a la riqueza de un país. La Universidad no es algo estático. No se trata sólo de una institución centenaria, sino que su abolengo es el patrimonio quizás más importante con el que contamos y es por ello que no debemos dejarla morir.
Con las políticas puestas en marcha por el anterior gobierno, las plazas universitarias se han vinculado a la tasa de reposición; en los primeros años de aplicación de esta limitación sólo se cubrían el 10 % de las jubilaciones. Esto ha conducido de forma inexorable al envejecimiento de la plantilla y a que muy poca gente joven se haya podido incorporar a la Universidad. También es verdad que mientras se ha asfixiado a la universidad pública, se han concedido numerosas autorizaciones para poner en marcha universidades privadas que en muchos casos han absorbido al capital humano formado en la pública y que no ha podido encontrar en ella su sitio. No sé si el actual gobierno tiene intención de poner en marcha políticas más racionales y de impulso de la Universidad pública, pues este tema no ha estado presente en ninguna de las dos campañas electorales, ni es noticia casi nunca en los medios. Pero si no toma medidas, estará finiquitando un pulmón muy necesario para la sociedad.
Y llegados a este punto, ¿saben lo que me gustaría? Que las universidades nos convirtiéramos en un lugar incómodo para los que no nos respetan. Que denunciáramos siempre que tuviéramos ocasión las políticas neoliberales suicidas; políticas que terminan con la vida de la gente común al tiempo que fortalecen a los de siempre, grandes grupos económicos. La Universidad, a la postre, siempre fue eso. Que se lo digan a Miguel de Unamuno, ilustre rector que fue de la Universidad de Salamanca, cuando asolado por la barbarie de la guerra, se atrevió a decir a Millán Astray, “Venceréis pero no convenceréis”. Esa es la Universidad que necesitamos. Aquella que denuncie y haga frente a la sinrazón. Para estar callados ya tendremos tiempo.

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