Blog de Antonia Durán Ayago
Miscelánea
 
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Archivo | junio, 2016

Universidad, ¿mediocridad?

Me van a perdonar si hoy me tomo la licencia de criticar algunas cuestiones del sistema universitario. No es que quiera tirar piedras contra mi propio tejado. No seré yo  quien sostenga que la Universidad está en coma irreversible y que poco o nada tiene que aportar a la sociedad de nuestros días. No acostumbro a ser tan extremista en mis posiciones. Pero lo cierto es que un poco enferma sí que parece estar la Universidad, al menos la Universidad española que es la que más directamente conozco.

Quien es ajeno al mundo universitario podría pensar que para formar parte del claustro de profesores, para impartir docencia y para investigar, únicamente hace falta tener cualidades y haber demostrado solvencia primero con el expediente académico de licenciatura y doctorado y luego con las evaluaciones que los distintos organismos evaluadores van realizando a lo largo de la vida académica de un profesor. Eso en parte es así. El problema es que no siempre los mejores están en la Universidad y que no siempre quien evalúa lo hace objetivamente.

Desgraciadamente, y aunque ha habido intentos por combartirla, la endogamia es un mal que está haciendo mucho daño a la Universidad española. Antes, con el anterior sistema de selección del profesorado, la endogamia se llevaba a cabo a un nivel territorial (colocar al de casa en casa, sin permitir que pudiera venir otro de fuera mejor; eso ni se planteaba). Ahora la endogamia es a más alto nivel, las escuelas a nivel nacional luchan por colocar a sus acólitos en los puestos de decisión (llámense ANECA o anequitas) que evaluarán positivamente a sus correligionarios y negativamente a quienes no lo son. Es triste, pero es así. Por no hablar de que en estas evaluaciones, no siempre se evalúan de la misma forma los méritos. Así, puede suceder que  lo que para unos es un demérito, para otros pueda ser percibido como algo positivo. Y no quiero poner ejemplos más concretos. Pero los tengo y todo el que trabaje en este mundo sabe a lo que me estoy refiriendo.

Con este sistema de evaluación del profesorado, el principio de mérito y capacidad no sólo brilla por su ausencia, sino que se prevarica sin escrúpulos para echar por tierra los méritos y la capacidad  que puedan tener según qué candidatos. Claro, esto tiene una trascendencia para la vida profesional de muchas personas que han hecho de la Universidad su vida. Trascendencia que también se mide por la desconfianza que este sistema puede inocular en aquellos que son maltratados por el mismo.

La consecuencia es clara. Si en vez de premiar al que trabaja, se le castiga, la Universidad pierde fuerza, pierde vitalidad, pierde ilusión. Si en vez de valorar al que trabaja, se le cuestiona, la Universidad gana en mediocridad y pierde en energía.

La Universidad española todavía es mediocre, y lo seguirá siendo hasta que el principio de mérito y capacidad, no sea sólo palabra muerta que sí, está en la Constitución española, pero bueno, ya se sabe, en la Universidad hay muchos que se creen por encima de la Constitución y de todo lo divino y humano. Y cuando eso sucede, y ya digo, sucede con bastante frecuencia, el tufillo a prevaricación tiñe de mediocridad lo que debería ser sólo y únicamente crisol de saberes.

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La importancia del esfuerzo

Quizás porque nadie me ha regalado nada, en lo que a la faceta laboral se refiere, aunque he tenido muy buenos maestros que me han enseñado lo que vale una hora de trabajo, me llama la atención y me entristece que haya alumnos que lleguen al aula con la máxima del mínimo esfuerzo grabada a fuego. Claro, eso hace que una asignatura como la que imparto -Derecho internacional privado- tenga tan mala prensa. Y la tiene porque ni yo ni mis compañeras creemos en el mínimo esfuerzo.

El mínimo esfuerzo sería llegar a clase sin llevar la última sentencia; sin estar atento a la última noticia relacionada con la materia aparecida en la prensa; sin comentar las novedades legislativas que en los últimos tiempos tanto han menudeado; en fin, sin intentar ofrecer al alumno la mejor formación. Pero a cambio, el que da, necesita recibir. Y para un profesor recibir implica tener a alumnos que no se limiten a ser taquígrafos, sino que participen activamente de las clases; preguntando, cuestionando, aportando ideas.

Una clase es un espacio ideal para poner en práctica lo que necesita la sociedad en general. Partiendo del conocimiento adquirido durante años y que transmite el profesor, los alumnos deberían hacer evolucionar ese conocimiento con preguntas que cuestionen su validez actual. Ese debate que tantas veces se echa en falta en las clases, es la semilla para hacer evolucionar el conocimiento.

Aunque algunos piensen en las clases como algo mecánico o rutinario, entiendo que una clase en la que haya esfuerzo por los dos lados puede ser más provechosa que horas de estudio en solitario.

Aprender a pensar cuesta; lo bueno es que una vez que se empieza ya es muy difícil dejar de hacerlo. Y es que el esfuerzo siempre merece la pena.

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Movilización ciudadana vs. salvajismo

Asisto con preocupación a los últimos movimientos de crispación que se están produciendo al hilo de la toma de posesión de los nuevos cargos públicos y la constitución de los parlamentos autonómicos y los gobiernos locales.

Ayer, al hilo de lo acaecido en Barcelona, todos los medios de comunicación se hacían eco del grado de salvajismo imperante entre quienes trataban de impedir el acceso al Parlamento catalán a los diputados catalanes,  donde debía deliberarse sobre el presupuesto de la Comunidad.

Y todo ello lo relacionaban con el movimiento del 15 M. Evidentemente, coligar estos comportamientos con el movimiento ciudadano del 15 M puede hacerles mucho daño, aunque considero que la gente sabe discernir entre lo que es un síntoma del despertar ciudadano que se moviliza indignado por todo lo que está sucediendo en los últimos tiempos y el aprovechamiento que algunos violentos hacen  siempre de situaciones de movilización como ésta.

Desde luego el camino no es ni coaccionar ni increpar a los políticos, que legítimamente han sido elegidos en las urnas; el camino debe ser hacer reflexionar a los partidos sobre el cariz que ha adoptado la democracia en nuestro país en los últimos tiempos; embarrada tras un sistema en el que parece primar todo menos los intereses de los ciudadanos.

La política es un oficio digno; eso ni se discute. Se trata de ponerse al servicio de los demás para intentar hacer la vida de los ciudadanos mejor; y trabajar por eso siempre debe conllevar reconocimiento y respeto. Pero cuando se confunde la política con los intereses personales; cuando la corrupción aflora; cuando las ideologías se diluyen y se ponen al servicio de no se sabe muy bien qué dictados etéreos, que llámense capital o mercado, es igual, acaba por hacer añicos los derechos sociales conquistados con mucho esfuerzo a lo largo de los años; cuando si se mira a Europa no se encuentra más que el fatídico egoísmo de unos pocos; la resignada actitud de otros tantos y la ingenuidad de los que todavía creen que es posible salvar a Europa del desastre; cuando todo eso sucede, lo lógico, lo absolutamente normal es que la sociedad se despierte y diga “estamos aquí”, seamos realistas, y empezemos a revisar qué se ha hecho para que esta movilización ciudadana haya surgido.

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Regreso

Sí, es evidente. Volver casi un año después a este espacio no es de recibo. Blog, lo que se dice blog, y si con ello se hace referencia a la continuidad y frecuencia con que se vierten comentarios, no es que sea. Asumo mi parte absoluta de culpa por esta dejadez y retomo la tarea al final de donde la dejé.
Finalizó el curso. Y prácticamente todo sigue igual. La Universidad avanza por unos derroteros inciertos, sin financiación suficiente; la crisis sigue marcándonos el paso; el desempleo haciendo mella; los bancos y las grandes empresas continúan con sus beneficios (se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas, ya se sabe); las elecciones municipales y autonómicas parecen haber puesto punto y final a un ciclo, abriendo otro de resultados también inciertos; con las instituciones por los suelos; los políticos mirando para otro lado; el movimiento 15 M demandando un espacio social de reivindicación para los indignados que somos muchos, y así, asistiendo todos los días a un espectáculo lamentable de degradación de la vida democrática, donde los partidos parecen haber secuestrado la verdadera esencia de la soberanía, asistimos a un compás de espera que no sé muy bien a qué o a dónde nos llevará.
Entretanto, los privilegiados que tenemos la suerte de seguir trabajando (al menos de momento) en lo que nos apasiona deberíamos plantearnos cómo contribuir a que esto se desatasque.  No me refiero a aportar grandes soluciones; me refiero a lo que cada uno en conciencia puede hacer desde su ámbito para oxigenarse. Y es que tengo la impresión que lo que falta es aire nuevo…

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